Con información de WWF
La cumbre de Naciones Unidas reúne en Ulán Bator a representantes de 197 países para buscar respuestas frente a la degradación de los suelos, las sequías y la pérdida de ecosistemas. La restauración de las tierras y la seguridad alimentaria están entre los principales desafíos.
Mientras buena parte de la atención internacional sobre la crisis ambiental se concentra en el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, en Mongolia se desarrolla una cumbre que pone sobre la mesa otro de los grandes problemas ambientales del planeta: el deterioro de las tierras.
Se trata de la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación —UNCCD—, que reúne entre el 17 y el 28 de agosto en Ulán Bator a representantes de los 197 países que hacen parte de este tratado internacional.
El encuentro tiene como lema “Restaurar la tierra, restaurar la esperanza” y busca convertir los compromisos internacionales en acciones concretas para recuperar territorios degradados y fortalecer la capacidad de las comunidades para enfrentar las sequías.
Más allá del desierto
La desertificación no significa simplemente que los desiertos estén avanzando. El concepto está relacionado con la degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, como consecuencia de una combinación de factores ambientales y de las actividades humanas.
La dimensión del problema es global. WWF advierte que los pastizales y las sabanas representan más de la mitad de la superficie terrestre y que aproximadamente la mitad de estas tierras ya presenta algún grado de degradación.
Esto tiene consecuencias que van mucho más allá de la pérdida de productividad de un suelo. Cuando una tierra se degrada, disminuye su capacidad para producir alimentos, almacenar carbono y regular el agua, mientras aumentan los riesgos para las comunidades que dependen directamente de esos territorios.
Por eso, la agenda de la COP17 incluye asuntos estrechamente relacionados: restauración de tierras, resiliencia frente a las sequías, seguridad hídrica, sistemas alimentarios, salud de los suelos y manejo sostenible de los pastizales.
Mongolia como escenario de la discusión
La elección de Mongolia como sede tiene una fuerte carga simbólica y ambiental.
El país posee un territorio de aproximadamente 1,56 millones de kilómetros cuadrados y, de acuerdo con Naciones Unidas, cerca del 77 % de sus tierras se encuentran degradadas. La situación está asociada, entre otros factores, con la desertificación y las condiciones que afectan a los ecosistemas de pastoreo.
Mongolia también permite observar cómo la degradación ambiental puede convertirse en un problema social y económico. Millones de personas en diferentes regiones del mundo dependen de los pastizales para desarrollar actividades productivas, particularmente la ganadería y el pastoreo.
De hecho, la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) señala que los pastizales cubren más de la mitad de la superficie terrestre y sostienen los medios de vida de más de 500 millones de personas vinculadas al pastoreo.
Sequías, agua y alimentos
Uno de los puntos centrales de la COP17 es la relación entre degradación de tierras, sequía y seguridad alimentaria.
Las sequías más intensas y prolongadas pueden reducir la productividad agrícola y ganadera, afectar las fuentes de agua y aumentar la vulnerabilidad económica de las poblaciones rurales. La degradación, a su vez, puede disminuir la capacidad de los ecosistemas para resistir y recuperarse frente a estos fenómenos.
Por eso, la discusión internacional no se limita a plantar árboles. La restauración de tierras implica recuperar suelos, cobertura vegetal, fuentes de agua y funciones ecológicas, además de garantizar que las comunidades puedan mantener medios de vida sostenibles.
La propia agenda de la COP17 incluye discusiones sobre sistemas alimentarios, salud del suelo, gestión del agua, resiliencia ante las sequías y restauración de tierras.
El desafío de pasar de los compromisos a los territorios
Uno de los grandes interrogantes de la COP17 es cómo convertir las decisiones internacionales en acciones que realmente se traduzcan en recuperación ambiental.
La cumbre incorpora discusiones sobre financiación, transferencia de conocimiento, participación de comunidades locales, pueblos indígenas, mujeres y jóvenes, así como sobre el papel de gobiernos regionales y ciudades.
Precisamente, el Foro de Alcaldes realizado durante la COP17 concluyó con la Declaración de Ulán Bator, que plantea fortalecer la acción local en gestión sostenible de tierras, resiliencia frente a las sequías, seguridad hídrica, biodiversidad y adaptación al cambio climático.
El componente financiero también resulta determinante. Restaurar millones de hectáreas degradadas requiere recursos, capacidad técnica y políticas públicas de largo plazo. Durante la COP17 se discuten mecanismos para movilizar inversiones destinadas a enfrentar la desertificación, la degradación de tierras y las sequías.
¿Y qué tiene que ver Colombia?
Aunque la COP17 se realiza a miles de kilómetros de Colombia, sus discusiones tienen implicaciones para el país.
La degradación de tierras, la pérdida de cobertura vegetal, la erosión, la presión sobre los recursos hídricos y los efectos de las sequías también hacen parte de los desafíos ambientales colombianos. En territorios rurales, además, la salud de los suelos está directamente relacionada con la producción de alimentos y con los ingresos de las comunidades.
Para regiones como Boyacá, Casanare y otros territorios de la Orinoquía, la discusión internacional resulta especialmente relevante por la relación existente entre producción agropecuaria, disponibilidad de agua, conservación de ecosistemas y transformación del suelo.
En ese sentido, la COP17 plantea una pregunta que trasciende las fronteras de Mongolia: ¿cómo producir alimentos y sostener las economías rurales sin deteriorar las tierras de las que dependerán las próximas generaciones?
La respuesta que buscan los gobiernos, científicos, comunidades, organizaciones ambientales y sectores productivos reunidos en Ulán Bator pasa por una idea central: la tierra no es un recurso infinito.
Restaurarla no significa únicamente recuperar un paisaje degradado. Significa también proteger el agua, conservar biodiversidad, reducir la vulnerabilidad frente a las sequías, fortalecer la producción de alimentos y mantener los medios de vida de millones de personas.
Ese es, precisamente, el reto que la COP17 intenta poner en el centro de la agenda ambiental internacional: restaurar la tierra antes de que la degradación termine convirtiéndose en una crisis aún mayor para las sociedades que dependen de ella.
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