Mientras buena parte de la atención nacional se concentra en el Tolima, donde una sucesión de incendios forestales ha reducido a cenizas cerca de 51.000 hectáreas de vegetación nativa y pastizales durante las últimas semanas, en Boyacá la amenaza comienza a tomar forma.
No hay todavía una emergencia de esas dimensiones, pero sí existen señales suficientes para encender las alarmas.
La más reciente llegó de la propia Gobernación de Boyacá: 90 municipios tienen actualmente una alta probabilidad de ocurrencia de incendios forestales, en un escenario climático marcado por el fortalecimiento del fenómeno de El Niño.
La cifra equivale a una parte considerable del territorio departamental y atraviesa prácticamente todas sus regiones: desde Centro, Ricaurte, Sugamuxi y Tundama hasta Occidente, Oriente, Norte, Valderrama, Gutiérrez y el Distrito Especial de Cubará.
El problema es que el fuego ya está apareciendo.
De acuerdo con el reporte oficial, 26 incendios forestales registrados durante los últimos 30 días afectaron 149,46 hectáreas de bosque. La Gobernación, sin embargo, no precisa en este balance en cuáles municipios ocurrieron las conflagraciones ni qué ecosistemas fueron comprometidos.
La información adquiere mayor relevancia cuando se cruza con la historia reciente del departamento.
Boyacá no es ajeno a los incendios en sus montañas.
En 2023, cuando el país también enfrentaba los efectos de El Niño, el departamento figuró entre los territorios con mayor número de incendios forestales. Para entonces, más de 2.000 hectáreas de vegetación habían sido afectadas por las llamas y entre los casos más graves estaban los incendios del páramo de Las Alfombras y del Parque Natural Regional El Valle.
Dos años después, en enero de 2025, el fuego afectó al páramo La Cortadera.
La conflagración consumió más de mil hectáreas, según las autoridades, en un ecosistema protegido que se extiende por los municipios de Siachoque, Toca, Pesca, Rondón y Tuta. La emergencia dejó además expuestas las dificultades para movilizar oportunamente recursos humanos y aéreos hacia zonas de alta montaña y difícil acceso.
Aquella experiencia debería ser algo más que un antecedente.
Porque el escenario climático que se aproxima puede aumentar las condiciones para que una chispa se convierta rápidamente en una emergencia.
El Niño se fortalece
El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) informó en agosto que las condiciones de El Niño continúan fortaleciéndose y que existe una probabilidad superior al 90 % de que persistan hasta comienzos de 2027.
Los modelos utilizados por el instituto también estiman una probabilidad superior al 70 % de que las anomalías de temperatura superficial del mar superen los 2 °C, condición asociada con una categoría de intensidad muy fuerte entre septiembre de 2026 y febrero de 2027.
El fenómeno no significa que todos los territorios del país vayan a experimentar sequía permanente. Pero sí puede modificar los patrones de precipitación, incrementar las temperaturas y reducir la disponibilidad de agua en algunas regiones, condiciones que favorecen la ocurrencia y propagación de incendios de cobertura vegetal.
El propio Ideam había advertido desde abril que el fortalecimiento de El Niño implicaría para Colombia un incremento del riesgo de incendios forestales, olas de calor y estrés hídrico.
Ahora esa advertencia tiene una expresión concreta en Boyacá: 90 municipios en alerta.
El fuego sobre los páramos
La preocupación no está únicamente en la cantidad de hectáreas que puedan quemarse.
En Boyacá, el fuego puede llegar a ecosistemas cuya recuperación ocurre en escalas de tiempo mucho mayores que las de un incendio.
Los páramos son quizás el ejemplo más evidente.
El departamento concentra cerca de una quinta parte de los páramos de Colombia y alberga ecosistemas de alta montaña fundamentales para la regulación y provisión de agua. Algunos de ellos ya han sido alcanzados por las llamas.
El páramo de Las Alfombras, entre Aquitania y Tota, perdió unas 350 hectáreas durante el incendio registrado en 2023. El fuego ocurrió a unos 3.440 metros sobre el nivel del mar y las condiciones del terreno, la distancia de los centros poblados y las limitaciones de los cuerpos de socorro dificultaron su control.
En el Parque Natural Regional El Valle, parte del complejo de páramos Iguaque-Merchán, se quemaron aproximadamente 400 hectáreas de vegetación paramuna durante otro incendio.
Y en La Cortadera, dos años después, volvió a repetirse la historia.
Allí, la comunidad terminó convirtiéndose en protagonista de una batalla desigual contra las llamas. Campesinos, organismos de socorro, fuerza pública y organizaciones ambientales participaron en las labores de control mientras el incendio avanzaba por un terreno agreste y de difícil acceso.
La sucesión de estos episodios deja una pregunta inevitable: ¿qué ocurrirá si un incendio de grandes proporciones se declara simultáneamente en varios puntos del departamento durante la fase más intensa de El Niño?
90 municipios, una misma amenaza
La alerta departamental incluye municipios de prácticamente todas las regiones de Boyacá.
En la provincia Centro aparecen Chíquiza, Chivatá, Cómbita, Cucaita, Motavita, Oicatá, Samacá, Sora, Soracá, Sotaquirá, Toca, Tunja, Tuta y Ventaquemada.
En Sugamuxi están Aquitania, Cuítiva, Firavitoba, Gámeza, Iza, Pesca, Sogamoso, Tibasosa, Tópaga y Tota. En Tundama aparecen, entre otros, Duitama, Paipa, Santa Rosa de Viterbo, Floresta y Tutazá.
También están incluidos Arcabuco, Gachantivá, Ráquira, Santa Sofía, Tinjacá y Villa de Leyva, en Ricaurte; Chiquinquirá, Muzo, Otanche, Pauna y Saboyá, en Occidente; y municipios de Norte, Oriente, Márquez, Neira, Valderrama y Gutiérrez. La alerta alcanza incluso a Cubará y a Puerto Boyacá.
Es decir, no se trata de una amenaza localizada en una única zona. Es un riesgo extendido sobre buena parte del territorio.
Y en medio de esa geografía están algunos de los ecosistemas más importantes del departamento.
La pregunta no es si habrá fuego, sino dónde
La Gobernación asegura que mantiene activo el monitoreo mediante la estrategia Prevenir, Proteger y Actuar (PPA) y que trabaja en el fortalecimiento de los organismos de socorro, la disponibilidad de equipos y la articulación con los Consejos Municipales de Gestión del Riesgo.
También pide suspender las quemas agrícolas, evitar arrojar colillas de cigarrillo o elementos que puedan generar fuego y reportar inmediatamente cualquier conato.
Son medidas necesarias. Pero la experiencia de incendios anteriores plantea la necesidad de ir un paso más allá.
– ¿Cuáles de los 90 municipios tienen ecosistemas estratégicos particularmente vulnerables?
– ¿Cuáles cuentan con brigadas capacitadas?
– ¿En qué zonas existen dificultades de acceso?
– ¿Dónde están disponibles las fuentes de agua para atender una emergencia?
– ¿Cuánto tiempo tardaría en llegar apoyo especializado a un incendio declarado en un páramo?
Son preguntas que adquieren especial importancia después de lo ocurrido en Las Alfombras, El Valle y La Cortadera.
En esta última emergencia, entreojos.co documentó cómo la respuesta institucional estuvo condicionada por los procedimientos y las limitaciones logísticas para disponer de apoyo aéreo. La comunidad reclamó mayor rapidez mientras las autoridades explicaban la cadena de responsabilidades establecida para atender este tipo de emergencias.
El fuego, sin embargo, no espera los trámites.
Una amenaza también humana
Aunque las condiciones climáticas pueden favorecer la propagación de los incendios, El Niño por sí solo no prende fuego a los bosques.
En buena parte de los casos existe una acción humana detrás de la ignición: quemas agrícolas que se salen de control, fogatas, colillas, quemas para ampliar potreros o intervenciones deliberadas sobre la vegetación.
En el incendio de Las Alfombras, por ejemplo, las autoridades concluyeron que la apertura de potreros para ganadería había originado la conflagración.
Por eso la prevención no puede reducirse a disponer de más vehículos, herramientas o aeronaves cuando el incendio ya comenzó.
También implica reducir las posibilidades de que el fuego aparezca.
Y eso exige vigilancia, educación ambiental, control de las quemas, presencia institucional y participación de las comunidades que viven en las zonas rurales y conocen como nadie las montañas.
Una advertencia antes de la ceniza
Boyacá todavía está a tiempo de evitar que la actual alerta termine convertida en una estadística de hectáreas calcinadas.
El departamento conoce el costo de los incendios sobre los páramos.
Ha visto frailejones convertidos en ceniza, fauna desplazada, nacimientos de agua expuestos y comunidades enfrentadas a incendios que avanzan más rápido que la capacidad institucional para contenerlos.
Ahora tiene una ventaja que no tuvieron las comunidades cuando las llamas comenzaron en Las Alfombras o La Cortadera: la advertencia llegó antes del incendio.
El Ideam prevé que El Niño continuará por varios meses y que puede alcanzar una intensidad muy fuerte. La Gobernación ya identifica 90 municipios con alta probabilidad de incendios.
La pregunta que queda abierta es si esa alerta será suficiente para preparar el territorio o si, una vez más, habrá que esperar a que el humo sea visible para comenzar a reaccionar.
Porque en los páramos de Boyacá, donde una hectárea puede tardar décadas en recuperar lo que el fuego destruye en horas, la verdadera emergencia no comienza cuando aparece la primera llama. Comienza cuando se sabe que el fuego puede llegar y no se actúa a tiempo.
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