Juan Sebastián García Monroy es biólogo y magíster en Ciencias Biológicas, con experiencia en ornitología, bioacústica y conservación ambiental.
Hoy hace parte del equipo de Corporación Autónoma Regional de Boyacá (Corpoboyacá) encargado de las estrategias de conservación de fauna silvestre y las iniciativas de monitoreo.
Según su perfil, ha diseñado y ejecutado proyectos de ciencia comunitaria en diez municipios de las provincias de Norte y Gutiérrez. Su trabajo combina el conocimiento local con herramientas como las grabadoras AudioMoth para el monitoreo acústico pasivo de aves, los algoritmos de reconocimiento de cantos, los sistemas de información geográfica y el modelamiento espacial. También es fotógrafo de naturaleza y explorador de ecosistemas andinos.
En conversación con entreojos.co, García hizo un balance de la jornada del October Big Day, realizada el sábado 10 de octubre.
Una fecha para ver quién llega
Para García, la jornada de octubre tiene un valor particular: coincide con la llegada de las especies migratorias. Por eso, explicó, el interés no está tanto en repetir lo ya conocido en la jornada de mayo, el Global Big Day, sino en descubrir qué aves están llegando y qué dinámicas se están generando de nuevo.
El experto recordó que Colombia suele encabezar estas clasificaciones. Según las cifras que compartió, el país lideró la jornada en número de especies observadas, con 1.470, por delante de Perú (1.326), Brasil (1.257), Ecuador (1.130) y Bolivia (870).
En cantidad de listas, el único país que lo supera es Estados Unidos, con 40.346 frente a las 8.618 de Colombia. Le siguen Canadá (7.058), Venezuela (6.498) y Brasil (6.226).
Para el biólogo, un número alto de listas indica que cada vez más personas salen a pajarear, usan estas plataformas, observan aves y se vinculan a grupos.
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Boyacá, entre los primeros lugares, pero con los mismos sitios
El departamento quedó en el puesto nueve en número de listas, con 307, y en el puesto once en especies registradas, con 447. García explicó que Boyacá ocupó las mismas posiciones que en mayo y con listas muy similares.
La razón, dijo, es que la gente sigue saliendo a los mismos lugares. Zonas como Santa María y Garagoa cuentan con grupos grandes de ornitólogos y aficionados, y en Tunja también hay una participación importante. Mientras tanto, otros territorios con enorme riqueza quedan por fuera.
Mencionó la zona de Otanche, con un número altísimo de especies pero pocas personas que levanten listas allí. Corpoboyacá trabaja en las provincias de Norte y Gutiérrez para cambiar esa situación, y otros profesionales hacen lo propio en Otanche.
El reto, reconoció, no es sencillo. Motivar a las personas a desplazarse a zonas de difícil acceso, o con condiciones complejas, es una tarea que lleva tiempo. De ahí su llamado: quien pueda sumarse desde zonas apartadas, que lo haga. El lema global de esta edición fue invitar a todos, y eso incluye a quien observa desde su casa, desde un parque o desde un bosque urbano.
Bordes, ciudades y ecosistemas en transición
García advirtió que a veces se asume que las mejores aves están en los senderos más densos y aislados. Esos lugares son valiosos para especies muy especializadas, pero la mayor cantidad de aves, según explicó, suele encontrarse en los bordes: zonas de transición con árboles altos, arbustos y una estructura compleja de estratos.
También señaló que, con los años, las aves han ido colonizando nuevos espacios. Por eso las áreas verdes de las ciudades ganaron relevancia, no solo por la calidad de vida urbana, sino porque en ellas se comparte el territorio con las aves.
Sembrar un árbol en un jardín, reforestar un área verde o mejorar los corredores ecológicos entre ciudades, caminos y carreteras son, a su juicio, estrategias beneficiosas para la fauna y para las personas.
Esa relación, agregó, se ve en especies amenazadas. Citó el caso del cucarachero del pantano en los humedales del departamento, entre ellos el lago de Tota, y el de la alondra cornuda en la represa La Copa, en Toca.
Según García, la presencia de estas especies ha despertado el interés de grandes entidades, como Usochicamocha, en desarrollar allí proyectos y cumplir sus cuotas de compensación, por ejemplo plantando árboles.
Aclaró, sin embargo, que plantar no es la única opción. En ocasiones lo más adecuado es dejar un ecosistema quieto, para que se restaure de forma natural. Es un proceso más lento, pero es lo que la naturaleza puede estar esperando.
Todo registro cuenta
En el diálogo con entreojos.co se destacó que plataformas como eBird permiten que los registros de Boyacá lleguen a una escala internacional. García coincidió en que la ciencia ciudadana es clave: aunque a veces se piense que subir un registro a una aplicación no sirve de mucho, hay quienes monitorean esos datos y están atentos a ellos.
Según el biólogo, tanto los expertos como quienes apenas empiezan son necesarios. Los primeros capacitan y muestran lo que hay en el territorio. Los segundos, que quizá comienzan hablando de copetones y mirlas, arrancan con una enorme curiosidad y la contagian. Esto importa, indicó, porque las decisiones ambientales se han basado muchas veces solo en conceptos de expertos, y se pasan por alto datos que conoce la gente del territorio.
Su invitación es empezar: las aplicaciones ya existen y hay abundante información sobre aves. Una estrategia que promueven es que niños y adultos dibujen siluetas, colores y formas de las aves que ven, y se pregunten si son comunes o no. El objetivo, dijo, es que la observación se convierta en un juego y en una manera de disfrutar y conocer el entorno.
Las cifras del October Big Day muestran que Boyacá tiene una comunidad de observadores activa, pero también que su mirada se concentra en pocos lugares.
García propone ampliarla hacia las zonas apartadas, que concentran buena parte de la riqueza de aves del departamento, y recuerda que conservar bosques, páramos y espacios verdes urbanos exige un trabajo articulado entre alcaldías, gobernación, corporaciones autónomas, comunidad y expertos.
Reconocer el conocimiento de la gente del territorio y su participación en los procesos de conservación y restauración no es un complemento: es una condición para decidir con mejor información sobre los ecosistemas que se quieren proteger.
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