Por Germán García Barrera
El 13 de febrero de 2025, hacia el mediodía, un rayo apagó la vida de Juan Pongutá Álvarez mientras cumplía su ronda como guardapáramo en la zona alta de Ocetá, en Monguí (Boyacá), en el páramo más lindo del mundo. Tenía 46 años.
Su muerte dejó al descubierto algo más que una tragedia: la fragilidad del cuidado ambiental en condiciones extremas como el clima o los conflictos locales.
cuando depende de pocos, y la dimensión humana de quienes sostienen, a pie, el equilibrio entre páramo, turismo y comunidad.
El oficio de cuidar la montaña
A unos cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, donde cuesta respirar y el silencio abruma, el páramo no es una postal: es un espacio de trabajo. Allí, en la zona alta del Parque Natural Regional Unidad Biogeográfica de Siscunsí–Ocetá, un complejo montañoso de 49.793 hectáreas que se extiende por Sogamoso, Aquitania, Mongua y Monguí, Juan caminaba como quien conoce un territorio, no por mapas sino por memoria.
Ese jueves 13 de febrero de 2025, Juan recorría el sendero habilitado para actividades ecoturísticas, aunque en ese momento estaba cerrado a visitantes por decisión de Corpoboyacá, en medio de diferencias entre operadores turísticos, guías y habitantes del páramo. Su tarea era concreta: verificar, sin dilaciones, la integridad de ese paraíso natural, que no hubiera personas dentro y hacer cumplir la restricción.
Por versiones de su familia y de guías que conocen la zona, hacia las 12 del día se advertía una amenaza de tormenta eléctrica, un fenómeno frecuente en esa zona y a esa altura. Juan conocía el páramo “como la palma de su mano”. Sus allegados creen que, al percibir el riesgo, buscó protección en un kiosco destinado al descanso de caminantes. Allí, según la hipótesis de quienes lo encontraron horas después, un rayo lo reclamó: una descarga eléctrica apagó su corazón.
Una entrevista familiar
Ocho días después del suceso, el 16 de febrero de 2025, escribí al WhatsApp a Nelsy, su hermana. Quería hablar de Juan, de su vida más que de su muerte. Nelsy dijo que debía consultarlo con sus hermanos y con Luz Mery Fernández, la esposa de Juan. Días después, me escribió por el mismo medio para expresar su disposición.
Nos encontramos el 19 de febrero siguiente en el restaurante El Doradito de Monguí, de propiedad del Nelsy, a dos cuadras del parque principal de Monguí. Llegué a las 3:34 p. m., cuando el ajetreo del almuerzo ya había cedido.
Me recibió Nelsy y estaba también Francelina, su otra hermana. Pero lo que no esperaba era que, poco a poco, fueran llegando más familiares: Marco y Rosa, otros de sus hermanos; Luz Mery (la esposa) y, luego, Juan David y Valentina, sus hijos. Guillermo y Maribel, también hermanos, no estuvieron presentes, pero sí bien representados. La entrevista dejó de ser un diálogo de tres y se convirtió en una conversación de familia, una memoria contada a varias voces. Hubo risas, pero también lágrimas.
Casi un año después, esta historia seguía siendo una deuda de su autor para con los deudos de Juan: narrar la vida del hombre que, criado en San Antonio, una vereda de Monguí, dedicó su cuerpo y mente a cuidar el páramo. No fue víctima de la violencia que persigue a tantos defensores ambientales en Colombia; aquí, en cambio, la naturaleza, esa misma que él defendía, fue quien lo devolvió de golpe a su origen.
“Juan era mi protector”
Francelina describe a la suya como una familia unida: “de chinches” jugaban entre hermanos y con vecinos cercanos. Los días de mercado, cuando los padres no estaban, se reunían “al relajo” con amigos. Juan, como uno de los mayores, asumía parte del cuidado. “Nuestra infancia fue bonita”, dice ella, y bromea: “Nunca quisimos crecer”.
Nelsy lo recuerda con una frase que conmueve: “Juan era como mi protector”. Dice que lo sentía como un escudo. La defendía incluso de su mamá en castigos de infancia: cuando la echaban al tanque por “pataletosa”, él la rescataba. “También lo hacía ya de mayor”, añade. “Él hablaba por mí”.
Marcos, su hermano, lo retrata desde la complicidad: los mayores eran “muy compinches” y se hacían travesuras. “Éramos malos”, bromea una de las hermanas, y aclara: “no malos de violencia, sino malos de picardía doméstica”.
Nelsy cuenta una escena que hoy se narra con risas: jugando al rebaño, amarraron a Rosa en el corral de las ovejas. Llegó doña Teófila, la mamá, y todos huyeron. Rosa se quedó amarrada y terminó castigada “por boba”. De esa clase de historias también se construye el carácter.
Francelina explica que en su familia los castigos eran colectivos: no recaían sobre uno solo. Doña Teófila era muy correcta, incluso, y en eso coinciden sus hijos, reeducó a don José Antonio, el patriarca de la familia. Él hablaba mucho, persuadía, era bravo, imponía autoridad desde el miedo. Entre ambos, el resultado fue una unidad que se mantuvo en el tiempo.
Cuando intentan identificar qué traía Juan de los abuelos, coinciden en matices: tenía algo del temperamento del papá, aunque no tan radical. Era amiguero, aparentaba ser serio, pero molestaba a los sobrinos, jugaba con ellos. Y, sobre todo, tenía una marca: cumplía la palabra. Eso se asociaba también a la vida comunitaria y a la iglesia adventista, donde Juan fue líder gracias al don de la palabra.
El vínculo de Juan con el páramo no nació en una oficina, provino de una práctica familiar. Los abuelos tenían finca en el páramo. Por temporadas, tíos, papás, hijos y primos subían a cuidar su ganado en “una ranchita”. Dormían en una junca comunitaria. Iban la tía Elvia, el tío Santiago, el tío José y el papá de Juan, don José Antonio.
Por eso Juan conocía el páramo y contaba anécdotas “bonitas”. Lo conocía no como visitante, sino como quien ha cargado responsabilidades arriba, desde antes de tener un contrato.
Aprender a ver
Cuando Juan entró a trabajar con la alcaldía, tenía una ventaja: ya leía el territorio. Su familia cuenta que conocía la variedad de los frailejones, que se dedicó a estudiarlos, que era un guía muy bien documentado.
Luz Mery recuerda su gusto por sembrar plantas. Si una oveja se las comía, Juan se ponía bravo: “Es que ustedes no cuidan”, reclamaba. La frase, en el fondo, era una declaración: el cuidado debe ser compartido.
Su esposa dice que Juan leía libros de Elena de White, autora adventista, y que ahí aprendió reflexiones sobre naturaleza, medicina natural y conservación.
En Juan las orientaciones bíblicas se transformaban en actos. Si encontraba un pájaro herido lo llevaba a la casa. Juan David, su hijo, recuerda a un murciélago de páramo engarzado en un alambre en el sector del Mortiñal, su papá hizo todo lo posible por ayudarlo. En casa eso generaba discusiones: Luz Mery le reclamaba por ese amor excesivo a los animales y él insistía en que estaban enfermitos y peleaba cuando gastaban la comida destinada a los rescatados.
Francelina agrega un dato que revela disciplina: a los 35 años, Juan aprendió a tomar fotos. Las compartía con quien se las pidiera y las incorporaba en los informes que debía presentar a la alcaldía y a Corpoboyacá. Aprendió a detallar la naturaleza “para hacerla ver más bonita”. “A todo le veía hermosura”, recuerdan.
Luz Mery cuenta que Juan asistía a cuanto curso apareciera sobre temas de naturaleza. Participó en jornadas de restauración, siembra de material nativo y apoyo al control de incendios forestales, incluso de noche, cuando se presentaban conflagraciones Cuando se ocurrían ese tipo de situaciones su rol era vital: informar a tiempo para activar al comité de gestión del riesgo.
Nelsy narra una escena que lo define: una vez llegó “lavado y tronchado” y dijo que había corrido detrás de perros ferales para evitar que atacaran a los venados del páramo. Y, con lo aprendido en los cursos, era exigente con los turistas: caminar solo por senderos, no arrancar hojas de frailejón, no llevar perros, incluso pedía no usar flash por el impacto que él consideraba negativo sobre la vida silvestre. Su cuidado también era pedagógico y, a veces, incómodo.
Agricultor y cuidador
Juan fue agricultor en San Antonio y Mortiñal antes de ser guardapáramo. En esa experiencia, dice su familia, se aprende a ser sensible frente al cuidado agua. Francelina recuerda que su padre hizo cercas vivas con alisos. El campo, vivido con responsabilidad, enseña respeto por el entorno.
Cuando Juan se reencontró con el páramo como guardián, dicen que fue determinante: encontró “lo que realmente quería ser”. Haciendo cuentas, entre familia y esposa estiman que estuvo alrededor de diez años en labores vinculadas al cuidado del páramo Siscunsí – Ocetá.
En lo institucional, su trabajo tenía un componente poco visible: control de acceso, registros, verificación. Adriana Ladino, contratista de la Oficina de Información Turística de Monguí, recuerda que Juan era cumplido y se reportaba en la oficina, aunque trabajara arriba, en la montaña. A veces tenía conflicto con guías y agencias de turismo porque insistía en hacer cumplir las reglas. Controlaba planillas de ingreso (a veces llegaban mojadas por la lluvia) y verificaba inscripción, seguros, guía asignado y porte de botiquín.
Juan conocía el páramo de manera íntegra, especialmente los predios de importancia hídrica adquiridos por la alcaldía o la Corporación. Sin él, muchas referencias quedan en documentos para identificar mojones, pero se pierde el conocimiento práctico.
Un rayo solitario, un dolor colectivo
Luz Mery recuerda que Juan salía hacia las 8:30 de la mañana., sin rutina exacta, pero con una regla clara: que no me coja la noche. A veces pasaba primero por la alcaldía, saludaba y subía al páramo. Su trabajo incluía tomar evidencias, coordenadas de incendios, revisión de senderos. Le avisaba a su esposa cuando iba a iniciar su recorrido.
Había jornadas largas, de cinco horas o más, hacia sectores distantes como la Cascada de Penagos. Antes se incluía en el trayecto a la Ciudad Perdida, luego fue prohibida por problemas con los visitantes. Cuando había permiso para recorridos turísticos, debía asegurar que todos bajaran en los horarios establecidos. A veces regresaba con el morral lleno de basura dejada por los caminantes irresponsables.
La última evidencia que envió al WhatsApp familiar fue desde la Caja del Rey. Luz Mery le pedía con frecuencia que tuviera cuidado con las tormentas. La familia cree que el accidente ocurrió hacia las 12:30 de medio día. Un rayo cayó de repente. “En esa parte caen muchos rayos”, dicen. Es un espacio abierto.
María Soto, guía turística y poeta costumbrista conocida como La Maruja, comentó con algún vecino que arriba no estaba lloviendo en ese momento, aunque en el pueblo sí. Dijo haber escuchado una descarga fulminante y se puso a llorar sin saber por qué.
La hipótesis familiar supone que Juan se detuvo en un kiosco a descansar, quizá a ver la lluvia caer sobre el pueblo. Hallaron señales: la silla llena de tierra, una tabla rota. Creen que estaba almorzando.
Francelina se aventura a imaginarlo sacando el celular para tomar una foto de la nube cargada, una imagen bonita: y que en ese momento ocurrió la descarga. No encontraron el celular; sí una lata quemada y un trozo de vidrio. Presumen que el rayo le cayó por la espalda. El kiosco era de madera y techo de PVC.
La familia y los amigos que salieron a buscar a Juan, incluido don Víctor Guauque, voluntario de la Defensa Civil, lo encontraron a una de la mañana del 14 de febrero. Nelsy llevaba un termo con agua de panela, con la esperanza de hallarlo vivo. Cuando lo encontraron lo llamaron; no respondió. Nadie lo tocó. Cuando llegaron estaban acalorados por la subida; hacia las 4 de la mañana sintieron frío. Esa noche la luna estaba clarita, y la familia lo dice como consuelo: la luna ayudó a encontrarlo. El sol salió hacia las 7 de la mañana.
En esa parte alta los celulares suelen fallar, pero lograron comunicarse con las autoridades para reportar el hallazgo. “Eso fue gracias a Dios”, pensaron.
Francelina alberga un alivio mínimo: cree que su muerte fue instantánea y que Juan no sufrió. Y, al mismo tiempo devela el dolor que los agobia:
“Uno siente impotencia de verlo allí, botadito, solito… No sabía si gritar o reclamarle a Dios. El propósito era encontrarlo y lo encontramos con la ayuda de la luna”.
En la cultura occidental la muerte se percibe como una tragedia, pero en la familia aparece una esperanza propia del adventismo: la resurrección en la segunda venida de Cristo.
Los hermanos Pongutá Álvarez reconocen el dolor y también el consuelo del acompañamiento: las oraciones, mensajes y condolencias han sido fundamentales para seguir en pie.
“No expresamos angustia y desespero”, afirma Francelina. “Tenemos fe en Dios de volvernos a encontrar con él”.
Carisma y recuerdos
Juan David recuerda que muchas personas decían que su papá era “diferente”. Francelina lo explica así: Juan saludaba con efusividad, era cercano. Ponía a Dios en primer lugar y hablaba de su fe sin vergüenza. Soñaba mucho. Impulsaba a la gente con frases como: “hágale”, animaba a sus conocidos a emprender, a vencer el miedo. Animó a una sobrina a viajar el mismo día de su muerte. Él mismo se propuso conocer el mar y lo logró.
Luz Mery dice que, pese a la distancia, Juan cuidaba a los amigos: les enviaba versículos, saludos, sostenía comunicación con compañeros que residen en Bogotá, Zipaquirá y Bucaramanga. Su frase preferida quedó como herencia oral: “Mientras se pueda hay que hacerlo; mientras tengamos vida hay que hacerlo.”
Cuando la familia se pregunta quién heredará su oficio, la respuesta no es simple. “Es un trabajo muy duro, es un don”, dice Luz Mery. No es solo caminar. Es tratar con gente, saber hablar según el caso, sostener autoridad sin romper con la comunidad. No siempre se logra. Francelina aún se asombra de su capacidad de caminar tanto. Y su esposa insiste: tenía el don de la prédica, también del discurso ambiental; hacía sermones que buscaban cuidar el páramo con palabra y ejemplo.
Las voces externas completan el retrato. Jimena Fernández, de Monguí Travels, cree que Juan empezó como guardapáramo en 2018, con la organización del sendero y el plan de manejo ecoturístico. Su función era verificar guías locales y evitar caminos alternos en un ecosistema fragmentado por múltiples trayectos.
Jimena reconoce que tuvieron encontrones por diferencias en el manejo institucional del turismo; aun así, tras su muerte le quedó el pesar de no haber arreglado las diferencias. Lo describe como correcto, entregado, estricto, juicioso; “fue un personaje”, dice, y recuerda el cariño de muchos guías.
Adriana Ladino lo llama “pieza importante” en la actividad turística: planillas, verificación, capacitaciones, participación en la actualización del plan ecoturístico. Y lo resume como una pérdida técnica: Juan sabía dónde empezaba y dónde terminaba cada predio adquirido por la alcaldía o Corpoboyacá en la alta montaña, un conocimiento difícil de reemplazar con papeles.
El páramo no se cuida solo
La muerte de Juan Pongutá Álvarez dejó una certeza incómoda: el cuidado del páramo, en la práctica, suele depender de personas que cargan demasiado sobre sus hombros. Juan caminaba, registraba, avisaba, corregía, mediaba, recogía basura, perseguía perros ferales, insistía en proteger el sendero y toda su riqueza natural. Su vida mostró que el guardapáramo no es una figura romántica, sino una función crítica en un territorio tensionado por el turismo, la economía local y la conservación.
En Ocetá, la historia de Juan termina donde él trabajó: arriba, en la altura abierta, donde el cielo cambia rápido y la montaña no concede ventajas. Pero su legado queda en la familia que lo recuerda unido, en el pueblo que todavía repite su saludo, en el sendero que él ayudó a ordenar, y en una frase que funciona como advertencia y como llamado: mientras se pueda, hay que hacerlo.







