Por Germán García Barrera
Parques Nacionales Naturales y el programa de Biología de la Facultad de Ciencias de la UPTC se sentaron a conversar sobre lo que aún no se sabe de las áreas protegidas de la región.
Lo hicieron en el Taller de Socialización de Portafolios de Investigación de las Áreas Protegidas adscritas a la Territorial Andes Nororientales, realizado en el Paraninfo de la UPTC el jueves 1 de octubre.
El objetivo fue poner en común las acciones y las necesidades investigativas de estos territorios, para que estudiantes, profesores y grupos de investigación de la universidad puedan sumarse a ese trabajo.
La Territorial Andes Nororientales agrupa ocho áreas: los Parques Nacionales Naturales El Cocuy, Pisba, Serranía de los Yariguíes, Catatumbo Barí y Tamá; los Santuarios de Fauna y Flora Iguaque y Guanentá – Alto Río Fonce; y el Área Natural Única Los Estoraques. Estas se distribuyen entre Boyacá, Santander, Norte de Santander y Arauca.
En el taller, entreojos.co habló con Camilo Arias González, biólogo, magíster en ciencias de biología animal y doctor en ciencias y preservación de los recursos naturales. Hoy es profesional temático de investigación y monitoreo en la Dirección Territorial Andes Nororientales.
Preguntado por las necesidades de conocimiento, Arias González explicó que Parques Nacionales ordena su investigación en seis líneas estratégicas y que todas requieren fortalecerse.
Del inventario a las presiones
La más desarrollada es la caracterización de los componentes bióticos y abióticos: la fauna de distintos grupos taxonómicos, el agua, el suelo, el aire y la biodiversidad.
Aun así, falta mucho, admitió el funcionario de Parques Nacionales Con frecuencia se caracteriza un sector del área protegida y la información se queda ahí, cuando se necesita entender cómo varían las comunidades biológicas y los componentes abióticos en los diferentes sectores.
La segunda línea tiene que ver con las presiones. Arias mencionó la ganadería, el cambio climático, la deforestación, la caza, la tala ilegal, el turismo no regulado y el conflicto armado. Todas pueden deteriorar el estado de conservación, y por eso hacen falta estudios que expliquen cómo impactan realmente a las áreas protegidas.
Las especies exóticas invasoras, precisó, caben en esta línea y también en la siguiente, porque retirarlas es parte de la restauración.
Restaurar es más que sembrar
La tercera línea es la restauración ecológica, que el investigador describió como un campo muy amplio.
Parques cuenta con viveros en alta montaña, pero necesita apoyo de la academia para diseñar experimentos de propagación, sobre todo de especies clave y amenazadas, entre ellas frailejones de distribución muy reducida.
Llevar las plantas al campo y lograr que se establezcan es, en sus palabras, uno de los mayores retos: hay que saber cuándo sembrar, bajo qué condiciones y con qué características de suelo.
La restauración, insistió, no se queda en la planta. Abarca el suelo, el agua y la funcionalidad del ecosistema en conjunto.
Las comunidades en el centro
Otra línea se refiere al uso y valoración de los servicios ecosistémicos. Camilo Arias recordó que el agua es fundamental y fue clave en la declaratoria de muchas áreas protegidas, pero que estas aportan también captura de carbono, dispersión de semillas y polinización, incluso para especies de cultivo. Se necesita saber cómo las comunidades usan lo que ofrece el área protegida y qué es lo que más aprovechan.
De ahí su idea central: no se puede conservar aislándose de la gente, sino con ella, integrándola a las estrategias de manejo y a los acuerdos de conservación. Eso incluye investigar los sistemas productivos sostenibles, que se supone son más amigables con el ambiente, para verificar qué tanto aportan realmente a la conservación.
Por esa razón, añadió, la oferta no es solo para biólogos. También se puede aportar desde áreas diversas como agronomía, ingeniería forestal, administración de empresas y las disciplinas sociales.
La última línea que describió son las actividades sectoriales: carreteras, minería, hidrocarburos, agricultura y ganadería. Aunque se desarrollan en la periferia de las áreas protegidas, repercuten en las zonas de amortiguación y en su interior.
Arias puso el ejemplo del agua que nace en el área protegida y que, al salir, empieza a usarse y a afectarse. Desde Parques Nacionales se quiere saber cómo impactan en la biodiversidad y en las comunidades vecinas, que también dependen de ese ecosistema.
Una ruta para vincularse
Sobre la alianza con la UPTC, Camilo Arias explicó que Parques busca divulgar sus necesidades en las universidades porque allí se genera conocimiento.
El contacto con esta institución se facilitó gracias a la cercanía del jefe del Santuario Guanentá – Alto Río Fonce, Fabio Muñoz, con profesores y directivos de la universidad.
En el taller se explicó a los estudiantes cómo tramitar permisos, autorizaciones y avales de investigación. Este último es el formato que más interesa a Parques, porque supone formular conjuntamente investigaciones que respondan tanto a las necesidades del investigador como a las del área protegida, y así hacer más eficientes los recursos y priorizar temáticas que alimenten las estrategias de manejo.
Según Arias, esa investigación importa para la conservación del país y del mundo, en un contexto de alertas por la crisis climática, de biodiversidad y humanitaria.
Lo que ya hace la universidad
La profesora Fabiola Ospina, docente de ecología y coordinadora de la línea de gestión de la biodiversidad del programa de Biología, explicó que el estudiantado puede apoyar a Parques Nacionales mediante prácticas, pasantías o trabajos de investigación, en especial en conservación y restauración.
Los grupos de investigación liderados por docentes pueden aportar en la caracterización de flora y fauna.
Ospina recordó que la universidad ya trabaja en estos escenarios a través de salidas de campo y de semilleros de investigación, algunos enfocados en la taxonomía y la botánica. Con el Santuario Guanentá, por ejemplo, ya hay varios trabajos que caracterizaron orquídeas.
Cuando entreojos.co le preguntó cómo ese conocimiento puede servir a otros sistemas de áreas protegidas, como los parques regionales o municipales, respondió que lo que aporta la universidad es una línea base desde la cual Parques puede trabajar con las comunidades y las alcaldías.
Añadió que el programa no se limita al ámbito científico y ha emprendido procesos de apropiación social y divulgación.
En la asignatura Biología de la Conservación, mencionó como ejemplo, las visitas a Guanentá dieron lugar a infografías sobre los objetos de conservación del parque, un insumo para el diálogo del santuario con las comunidades.
La conversación deja una idea compartida: conocer mejor las áreas protegidas es una condición para cuidarlas, y ese conocimiento rinde más cuando se construye con quienes viven cerca de ellas.
Las entidades, desde Parques hasta las universidades, tienen la tarea de reconocer a las comunidades como participantes de los procesos de restauración y manejo, y no solo como destinatarias de sus resultados. Como lo planteó Camilo Arias, conservar es hacerlo con las comunidades y no aislándose de ellas.
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