En Tunja, una conversación aparentemente simple abrió una posibilidad estratégica para la alta montaña boyacense: conectar a personas y organizaciones que viven, trabajan y defienden el páramo, para que no actúen en islas sino como un tejido.
La idea tomó forma durante un taller realizado recientemente en la capital del departamento, en el que se propuso conformar una red de actores comprometidos con el cuidado de los ecosistemas de páramo.
El encuentro se desarrolló en el marco del proyecto Páramos para la Vida, una iniciativa financiada por el Fondo Mundial para el Medio Ambiente (GEF) que busca promover la conservación, gestión y uso sostenible de estos ecosistemas en 16 complejos de alta montaña ubicados en Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Nariño, Santander y Tolima.
La apuesta, según sus promotores, no es crear otra “instancia” burocrática, sino dejar instalada una capacidad social: comunidades capaces de comunicarse entre sí, intercambiar aprendizajes y sostener una agenda propia cuando el proyecto se acerque a su cierre, previsto para dentro de aproximadamente un año.
Una red no se ordena: se decide
Giselle Didier, directora de Conocimiento del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, lo resumió de la siguiente manera:
“Una red es cuando personas de manera voluntaria deciden trabajar en torno a un interés común”, explicó a entreojos.co al ser consultada por el sentido de este ejercicio y su horizonte en el tiempo.
Desde su perspectiva, el principal valor de esa articulación no es únicamente el intercambio técnico o el acceso a información, sino el fortalecimiento político y comunitario: que quienes habitan el páramo tengan más herramientas para posicionar sus oportunidades de vida y, al mismo tiempo, visibilizar amenazas sobre sus medios de subsistencia.
“Nos imaginamos que una vez terminado el proyecto, estas comunidades queden conectadas para compartir experiencias, problemáticas y, en últimas, para tener una voz mucho más fuerte”, señaló.
Didier insistió en que el propósito no es homogeneizar realidades ni obligar a compartirlo todo. La red, dijo, también debe construirse desde el cuidado: “un tejido entre personas para que puedan comunicarse, hablarse, compartir experiencias, conocimiento, siempre muy respetuosos de conocimientos que consideren confidenciales y no quieran compartir”.
No partir de “debilidades”, sino de lo que ya funciona
Una de las preguntas clave en el diálogo con el Instituto Humboldt fue si existía un diagnóstico de debilidades comunitarias que justificara la necesidad de “armar una red”. Didier invirtió el punto de partida: más que carencias, lo que encontraron fueron condiciones existentes que pueden potenciarse.
“Más que debilidades, lo que encontramos son oportunidades. Hay asociaciones de base comunitaria, hay gobernanzas locales que ya están establecidas y que podrían fortalecerse a partir de la red”, explicó.
Ese enfoque no es menor. En territorios de alta montaña, donde los conflictos por el uso del suelo, la presión agropecuaria, los cambios normativos y las economías familiares atraviesan cada conversación, la forma de nombrar el proceso incide en su legitimidad. Didier propuso mirarlo desde una “indagación apreciativa”: identificar lo que ya es fuerte en las comunidades y construir desde ahí.
En otras palabras: no se trata de “enseñarles” a organizarse, sino de reconocer las organizaciones que ya existen, conectarlas y facilitar que el conocimiento circule entre pares, no solo desde la institucionalidad hacia el territorio.
¿Qué pasará cuando cierre el proyecto?
La pregunta por el futuro es inevitable. Los proyectos tienen cronogramas, los territorios no. En ese punto, la red aparece como una estrategia para que el cierre administrativo no se traduzca en desconexión social.
“Esto es una pequeña semilla”, afirmó Didier. Y planteó una idea que suele incomodar a quienes esperan estructuras rígidas: las redes se mueven, crecen, se contraen, cambian de forma.
“Las redes son dinámicas en algún momento pueden reducirse. Una red puede mutar, cambiar, desaparecer”, advirtió.
Pero el hecho de que sea viva no significa que sea frágil por definición. La pretensión —dijo— es “dejar sembrada esa semilla” y, desde lo que pueda aportar el Instituto, ayudar a que la plataforma no muera, sino que contribuya a sostener lo construido por Páramos para la Vida.
En Boyacá, donde los complejos de páramo sostienen nacimientos de agua, regulan ciclos hídricos y constituyen una base ecológica para cientos de veredas, el reto no es solamente conservar. Es lograr que las comunidades que habitan la alta montaña tengan condiciones para permanecer y decidir con información, alianzas y respaldo.
Ser generosos
El cierre del diálogo con la directora de Conocimiento del Instituto Humboldt, dejó una tarea explícita para el resto de actores: universidades, alcaldías, gobernación, corporaciones autónomas, ciudadanía urbana. ¿Cómo “abrazar” una red comunitaria sin cooptarla? ¿Cómo apoyar sin imponer?
Didier respondió con una consigna ética antes que técnica: “Ser generosos. Compartir lo que sabemos”. Y añadió una imagen que condensa el llamado a desarmar jerarquías: se puede compartir desde la “camiseta institucional” o desde la “camiseta de la academia”, pero sin olvidar “la camiseta de seres humanos”.
En un departamento donde con frecuencia las iniciativas comunitarias dependen de esfuerzos voluntarios y donde los puentes entre lo rural y lo urbano siguen siendo frágiles, esa generosidad puede traducirse en acciones concretas: abrir espacios de intercambio, facilitar transporte y conectividad, apoyar encuentros periódicos, reconocer liderazgos locales, y garantizar que la red tenga interlocución sin perder autonomía.







