Humedal La Hoya, en Gachantivá. Foto: Corpoboyacá.

Los humedales que aún nos sostienen

La Convención Ramsar nos recuerda la importancia de preservarlos.

Los humedales de Boyacá suelen aparecer cuando ya es tarde: cuando el agua se volvió espuma, cuando se cubrió de un verde invasor de mal aspecto, cuando el barro dejó de ser vida para convertirse en “un lote”, cuando la discusión se reduce a si se puede o no se puede construir. Antes de eso, pasan desapercibidos.

Pero no lo son.

Un humedal es un lugar donde el territorio respira. Donde el agua se demora, se filtra, se limpia. Donde la biodiversidad encuentra refugio. Donde las aves hacen escala y los microorganismos hacen el trabajo invisible que sostiene la cadena de la vida. En tiempos de sequías más largas y lluvias más violentas, un humedal es también un escudo: absorbe, retiene, regula. Es infraestructura natural, aunque durante años hayamos insistido en tratarlo como un estorbo.

Cada 2 de febrero el mundo conmemora el Día Mundial de los Humedales, recordando la firma de la Convención Ramsar, adoptada el 2 de febrero de 1971 en la ciudad iraní de Ramsar, a orillas del mar Caspio. Este año, el tema propuesto por la Convención es una frase que nos debería comprometer como sociedad: “Los humedales y los conocimientos tradicionales: celebrar el patrimonio cultural”.

Una muerte lenta

Los humedales no desaparecen de la noche a la mañana. Se van yendo de a pocos: por un drenaje, por un relleno, por una tubería mal conectada, por vertimientos constantes, por la expansión urbana que les roba la ronda, por las actividades productivas que normalizan la carga orgánica y el sedimento. La desaparición suele venir acompañada de un argumento repetido: “ese sitio ya no sirve”, “eso es un pantano”, “eso es foco de zancudos”.

Es decir: primero se degrada, luego se estigmatiza y, finalmente, se reemplaza.

En Colombia existe una obligación legal para protegerlos, como lo hemos explicado en entreojos.co: no es un asunto de buena voluntad institucional, es un mandato que debería traducirse en decisiones claras y verificables. Sin embargo, la brecha entre el papel y el territorio sigue abierta.

Humedales que compiten con el cemento

En ciudades como Tunja y Sogamoso, el problema no es la falta de declaratorias. El problema es la falta de ejecución. Hay humedales con límites definidos, con figuras de protección reconocidas, pero sin una estrategia sostenida de restauración, manejo y control.

En Tunja, Corpoboyacá delimitó seis humedales urbanos, un paso esencial para saber qué se protege y hasta dónde. Aun así, las amenazas más comunes siguen ahí: presiones urbanísticas, construcciones cercanas, cambios en el uso del suelo, fragmentación del ecosistema. Un humedal urbano es especialmente frágil: si se le reduce el espacio y se le corta el flujo de agua, se convierte en una isla enferma.

Y entonces la ciudad se convence de que “ya estaba dañado”.

Fúquene, Tota y Palagua, un diagnóstico inquietante

Si hay un nombre que condensa la historia de los humedales intervenidos, ese es Fúquene. Allí, el desecamiento y la transformación del entorno, promovido desde la época gloriosa de Simón Bolívar, muestran lo difícil que es devolverle al agua su lugar cuando se ha perdido durante décadas. La recuperación es lenta y costosa; no se resuelve con campañas puntuales, sino con política pública real.

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Fúquene recuerda algo esencial: un humedal es más que un espejo de agua. Es un sistema. Cuando se altera, no solo cambia el paisaje: cambia la regulación hídrica, cambian las especies, cambia la forma en que un territorio se adapta al clima.

En la laguna de Tota, las amenazas se escriben en plural. Aguas residuales, residuos asociados a la piscicultura, presiones productivas que, cuando se acumulan, terminan por alterar la calidad del agua y la salud del ecosistema. Tota es un recordatorio de que un humedal puede mantenerse “grande” y aun así estar degradándose por dentro, como un cuerpo que aprende a sobrevivir enfermo.

En Puerto Boyacá, la ciénaga de Palagua enfrenta una forma de asfixia visible: la taruya, un alga invasora que cubre el agua e impide que el humedal respire. Pero no está sola en el daño: a su alrededor pesan residuos orgánicos de ganadería y riesgos asociados a la proximidad de operaciones petroleras, incluyendo fugas y contaminación

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Palagua pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cómo se protege un humedal cuando alrededor de él se imponen economías que lo presionan todos los días?

En un escenario de crisis climática, los humedales son aliados estratégicos: capturan carbono, regulan agua, amortiguan eventos extremos, como lo documentó la Universidad Javeriana a través de una de sus publicaciones científicas. Lo hemos abordado en este análisis sobre su rol frente al cambio climático. Protegerlos no es un gesto simbólico: es una medida de adaptación y resiliencia.

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