El viernes 10 de abril el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) reportó una noticia inquietante: la extinción del glaciar de los Cerros de la Plaza en la Sierra Nevada de Güicán o El Cocuy.
El hecho fue confirmado luego de que expertos del Ideam, con el apoyo de herramientas del Observatorio de la Tierra y el Territorio del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), advirtieran la sensible disminución de su capa nevada.
Esta no es solo la pérdida de una masa de hielo. Es la evidencia más contundente de que el cambio climático ya transformó de manera irreversible los ecosistemas de alta montaña en Colombia.
Lo que en el siglo XIX alcanzaba cerca de 5,5 km² de extensión, el glaciar Cerros de la Plaza se redujo a 0,15 km² en 2016. Hoy, su cobertura es de 0 km². El glaciar se extinguió.
No se trata de un evento aislado. Es una señal de alerta que llega en un momento particularmente sensible: mientras el país pierde uno de sus reguladores naturales más importantes, el Estado discute la posibilidad de eliminar normas clave que protegen el páramo que lo rodea.
Cómo se extinguió el glaciar
La desaparición del glaciar de los Cerros de la Plaza fue progresiva, pero sostenida. Durante décadas, el aumento de la temperatura, la reducción de la precipitación en forma de nieve y su ubicación a una altitud cada vez menos favorable aceleraron su retroceso.
En los Andes tropicales, los glaciares funcionan como indicadores directos del cambio climático. Su sensibilidad a pequeñas variaciones térmicas los convierte en los primeros en desaparecer cuando se rompe el equilibrio climático.
Pero el problema no es solo la temperatura.
La transformación de los ecosistemas de alta montaña, especialmente del páramo, también incide en su deterioro. Cambios en la cobertura vegetal, presión sobre el suelo, alteración de los ciclos hídricos y expansión de actividades productivas intensivas reducen la capacidad del territorio para amortiguar los efectos del calentamiento.
El resultado es un sistema más frágil, menos resiliente y más expuesto a la pérdida de sus componentes más sensibles.
Lo que desaparece con el hielo
La extinción de un glaciar implica la pérdida de servicios ecosistémicos críticos.
El primero es la regulación hídrica. Los glaciares funcionan como reservorios naturales de agua: almacenan en épocas frías y liberan de manera gradual en periodos secos. Su desaparición rompe ese equilibrio y pone en riesgo la estabilidad de los caudales que alimentan ríos, quebradas y acuíferos.
El segundo es la regulación climática local. Al reflejar radiación solar (efecto albedo) y participar en la dinámica atmosférica, los glaciares ayudan a moderar la temperatura y la humedad en zonas de alta montaña. Sin ellos, el calentamiento se acelera y los microclimas cambian.
El tercero es el soporte a ecosistemas estratégicos. El deshielo glaciar alimenta páramos, humedales altoandinos y sistemas fluviales de montaña. Sin ese flujo constante, estos ecosistemas pierden estabilidad, afectando la biodiversidad y la disponibilidad de agua para comunidades humanas.
En síntesis, lo que desaparece no es solo hielo: es una pieza clave del sistema que sostiene la vida en la alta montaña.
El contexto que inquieta: normas en disputa
La desaparición del glaciar ocurre en paralelo a un proceso que genera preocupación en sectores ambientales: el Gobierno Nacional, a través del Ministerio de Ambiente, mantiene conversaciones con la Federación de Parameros del Nororiente Colombiano sobre la derogatoria de dos normas fundamentales para la protección del territorio.
Se trata de la Resolución 1275 de 2014, que define la zonificación de la Reserva Forestal de Ley 2ª en El Cocuy, y la Resolución 1405 de 2018, que delimita el páramo Sierra Nevada El Cocuy.
La Federación ha insistido en que estas normas afectan las actividades productivas campesinas y han pedido su eliminación. Una petición respaldada por el gobernador de Boyacá, Carlos Andrés Amaya, y para la cual el mandatario omprometió, a través de un contrato de 300 millones de pesos, a la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC) para que justificara la derogatoria de dichas normas de protección de El Cocuy.
Sin embargo, desde una perspectiva ambiental, el momento en que se da esta discusión resulta crítico.
La pérdida del glaciar no solo confirma la vulnerabilidad del sistema, sino que plantea una pregunta de fondo: ¿es viable flexibilizar o desmontar instrumentos de protección en un ecosistema que ya muestra señales de colapso en algunos de sus componentes?
Una advertencia ignorada
Los glaciares son, en términos científicos, sensores del cambio climático. Su desaparición es una advertencia temprana de transformaciones más profundas.
En el caso de la Sierra Nevada del Cocuy, esa alerta ya se materializó.
Lo que sigue es un escenario de mayor presión sobre el páramo, que deberá asumir, sin el respaldo del glaciar, funciones clave en la regulación hídrica y climática. Esto lo hace más vulnerable a cualquier alteración adicional, ya sea por cambios normativos, expansión de actividades productivas o falta de planificación territorial.
En ese contexto, la discusión sobre las normas que lo protegen deja de ser un debate técnico o jurídico. Se convierte en una decisión sobre el futuro del sistema.
Lo que está en juego
La desaparición del glaciar de los Cerros de la Plaza marca un punto de no retorno. No hay posibilidad de recuperación en el corto plazo.
Lo que sí está en disputa es el destino del resto del ecosistema.
El país enfrenta una tensión cada vez más evidente: cómo garantizar los derechos y el bienestar de las comunidades campesinas sin debilitar los límites ecológicos que sostienen el agua, el clima y la biodiversidad.
El glaciar ya desapareció. La pregunta es si el páramo seguirá el mismo camino.
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