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Avanzamos hacia un clima más hostil y menos predecible

Los extremos meteorológicos confirman que vivimos ya un cambio global y que las proyecciones de los modelos climáticos se están confirmando. 

Fuente: El Confidencial

Javier Martín Vide 

Vivimos desde hace décadas en un planeta en continuo cambio, pero no solo a una escala regional o local, lo que no constituiría en si una novedad, sino a una escala global, y se habla, de este modo, de cambio global. Este concepto engloba todas aquellas modificaciones de alcance planetario fruto, principalmente, del enorme consumo de recursos y la ingente producción de residuos que generamos los 7.500 millones de seres humanos.

La lista de estos cambios viene encabezada, dado el reto mayúsculo que supone revertirlo, por el cambio climático, cuya manifestación más visible y certificada es el calentamiento global. En efecto, vivimos en un planeta y en un país más cálidos que 40 años atrás. 

Aunque en ciencia no se discute la existencia del calentamiento global, y hasta en los medios de comunicación son ya agua pasada los debates fifty-fifty sobre su realidad o no, conviene recordar algunas de las evidencias de que estamos viviendo en una nueva etapa en la historia del clima de la Tierra.

Sin duda, la evidencia más clara sobre el calentamiento actual la proveen las innumerables series de datos de temperatura de distintas regiones del planeta que, analizadas estadísticamente, revelan, en conjunto, que la temperatura del aire en superficie ha aumentado en más de 1ºC desde finales del siglo XIX hasta la actualidad.

Este valor, aparentemente pequeño a una escala cotidiana, la de un día en un lugar, constituye un valor considerable cuando se refiere al conjunto del planeta en promedio anual. Las observaciones térmicas registradas por los satélites en las últimas décadas han confirmado igualmente el calentamiento de la superficie.

Un indicador muy robusto sobre el calentamiento lo ofrece la retirada del hielo, sea la acusada pérdida del hielo marino del océano Glacial Ártico, como la fusión del hielo de Groenlandia y la Antártida, y el retroceso casi generalizado de los glaciares de montaña desde hace ya bastantes decenios.

Un glaciar no avanza ni retrocede porque un año sea bueno o no en aportación de nieve o se de la temperatura adecuada, sino que refleja la evolución del clima de un período de varias décadas. Nuestros pequeños glaciares del Pirineo habrán desaparecido a mediados de este siglo, tal como evoluciona la temperatura.

El aumento del nivel del mar es otra de las evidencias del calentamiento, consecuencia a su vez de la elevación de la temperatura y del deshielo. El nivel del mar está aumentando entre 3 y 4 mm cada año, lo que parece muy poco, pero supondría prácticamente un palmo en un siglo, con el correspondiente efecto negativo en las playas y las ciudades costeras. El nivel del mar aumenta por el deshielo, pero también por el propio calentamiento de las aguas, que, al perder densidad, aumentan su volumen.

Como es sabido, el calentamiento actual es consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero, entre ellos el CO2, producido principalmente por la quema de los combustibles fósiles. La concentración de este gas y de otros de efecto invernadero no cesa de aumentar, lo que ‘garantiza’ la continuación del calentamiento. Una mayor presión de CO2 atmosférico sobre las aguas oceánicas conlleva un aumento de su acidez, y así se está observando, por lo que los animales marinos de concha o recubrimiento calcáreo y otros seres vivos que habitan el mar van a vivir en un medio menos favorable para su vida.

Asimismo, y aunque aún esté bajo estudio, el aumento en diversas regiones del planeta de los extremos meteorológicos, sean sequías y precipitaciones torrenciales, olas de calor e, incluso, de frío, y la ocurrencia de un sinfín de récords climáticos, delata que la atmósfera y el conjunto del sistema climático están sufriendo un impacto en su dinámica habitual.

Por último, numerosas especies vegetales y animales cuya fenología y comportamiento dependen del tiempo y del clima están actuando como auténticos bioindicadores climáticos. La floración cada vez más temprana de ciertas especies cultivadas evidencia una llegada cada vez más prematura de la primavera, al igual que la recolección de los frutos, como la vendimia, se ve adelantada por unos veranos más cálidos. De igual modo, la aparición cada vez más frecuente de especies animales no autóctonas en territorios alejados de su área natural de distribución delata, a menudo, que el aumento global de la temperatura está facilitando su colonización y asentamiento como especies invasoras.

Las evidencias son claras, irrefutables, es la hora de actuar decididamente como sociedad, ¿o no han declarado la mayoría de instituciones que estamos en emergencia climática?

 

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