La decisión de la administración municipal de Sogamoso de solicitar autorización para la tala de 850 árboles en distintos sectores de la ciudad inquieta a académicos nacionales e internacionales.
La solicitud presentada por la Alcaldía contempla la intervención de 110 árboles en la Plaza 6 de Septiembre, 708 en el Parque Recreacional del Sur y 32 palmas ubicadas sobre la carrera 11. El argumento central es que algunos individuos representan riesgos para la seguridad pública debido a su estado fitosanitario o a las condiciones de su entorno.
Corpoboyacá ya autorizó la tala de las 32 palmas de la carrera 11 y de 29 árboles de la Plaza 6 de Septiembre, sin embargo, para especialistas en biodiversidad, planificación territorial, arquitectura sostenible y agroecología, el debate no debería limitarse a decidir entre conservar o derribar árboles.
La discusión, sostienen, debe centrarse en la planificación de largo plazo del arbolado urbano y en el valor de los servicios ecosistémicos que presta a las ciudades.
Infraestructura para enfrentar el cambio climático
Para Gustavo Álvarez Arteaga, doctor en Ciencias y profesor de la Universidad Autónoma del Estado de México, los árboles urbanos cumplen funciones esenciales para la adaptación climática de las ciudades.
«Los espacios arbolados registran disminuciones de temperatura de cuatro o cinco grados durante el día», explicó. A ello se suman beneficios relacionados con la captura de carbono, la regulación de la humedad y la mejora de las condiciones de confort para la población.
Estas funciones adquieren especial relevancia en un contexto marcado por fenómenos climáticos extremos.
Durante los episodios asociados al fenómeno de El Niño, por ejemplo, las ciudades experimentan incrementos de temperatura, reducción de la humedad y mayores presiones sobre la disponibilidad de agua.
En ese escenario, los árboles dejan de ser únicamente elementos paisajísticos para convertirse en una infraestructura natural que ayuda a mitigar los efectos del calentamiento.
La ciudad también necesita naturaleza
La arquitecta y doctora en Diseño Silvia Andrea Valdés Calva, integrante del laboratorio de planeación territorial y ambiental de la Facultad de Planeación Urbana y Regional de la Universidad Autónoma del Estado de México, advirtió que los beneficios del arbolado urbano no son exclusivamente ambientales.
Desde la arquitectura y el urbanismo, múltiples investigaciones han demostrado que las áreas verdes contribuyen a reducir los niveles de estrés, mejoran la percepción de bienestar y fortalecen la relación de las personas con su entorno.
«Los espacios urbanos son entornos artificiales que hemos construido nosotros mismos. Por eso la presencia de árboles y vegetación permite mantener una conexión con otros seres vivos y generar condiciones más favorables para la salud física y emocional», explicó.
Según la investigadora, los árboles aportan valor paisajístico y también influyen en la calidad de vida de quienes habitan las ciudades. Incluso, señaló, diversos estudios han encontrado que la proximidad a zonas verdes puede incrementar la valoración de los espacios urbanos y fortalecer el sentido de pertenencia de las comunidades.
“Los espacios arbolados registran disminuciones de temperatura de cuatro o cinco grados durante el día".
Gustavo Álvarez Arteaga
¿Deben eliminarse las especies exóticas?
Uno de los argumentos utilizados con frecuencia para justificar intervenciones sobre el arbolado urbano es la presencia de especies introducidas o exóticas. Así lo ha expuesto la administración municipal de Sogamoso.
Tanto Álvarez como Valdés consideran que el reemplazo indiscriminado de estos árboles sería un error.
El profesor mexicano recuerda que buena parte de las ciudades latinoamericanas fueron arborizadas durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 con especies como eucaliptos, pinos, cipreses o cedros, muchas de ellas ajenas a los ecosistemas locales.
Aunque algunas presentan problemas de adaptación o riesgos sanitarios, los especialistas advierten que hoy forman parte de los sistemas urbanos y prestan funciones ambientales que desaparecerían si fueran eliminadas masivamente.
«Pensar en derribarlos todos sería impensable. Ya participan en la regulación de la temperatura, de la humedad y en la mitigación de las islas de calor», sostuvo Álvarez.
Por ello, los expertos recomiendan procesos graduales de sustitución, acompañados por estrategias de restauración y seguimiento técnico.
El inventario que muchas ciudades no tienen
Uno de los puntos en los que coinciden los especialistas es la necesidad de contar con inventarios actualizados del arbolado urbano.
Conocer cuántos árboles existen, qué especies predominan, cuál es su estado fitosanitario y cuánto tiempo de vida útil les queda permitiría tomar decisiones basadas en evidencia y no únicamente en percepciones o coyunturas.
Valdés señaló que varias ciudades europeas cuentan con censos detallados que permiten monitorear la evolución de cada árbol y anticipar procesos de sustitución antes de que aparezcan riesgos.
En contraste, muchas ciudades latinoamericanas reaccionan únicamente cuando un árbol presenta problemas visibles o cuando surgen conflictos asociados a proyectos urbanos.
«Lo ideal es saber qué tenemos, cuáles árboles deben conservarse, cuáles necesitan tratamiento y cuáles eventualmente deberán ser reemplazados», explicó.
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"Los árboles aportan valor paisajístico y también influyen en la calidad de vida de quienes habitan las ciudades”.
Silvia Andrea Valdés Calva
Talar no es la única alternativa
La investigadora de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC) y directora del Grupo de Investigación Sostenibilidad Ambiental, Biodiversidad y Agroecología, Dalia Useche Villamizar, consideró que cada caso debe evaluarse de manera particular.
En referencia a las palmas autorizadas para tala sobre la carrera 11 de Sogamoso, plantea que antes de una erradicación definitiva deberían explorarse alternativas como podas técnicas o intervenciones de manejo que reduzcan los riesgos sin eliminar completamente los individuos.
«Los árboles prestan servicios ecosistémicos importantes relacionados con la regulación climática, la provisión de sombra y la captura de carbono. Por eso es necesario analizar cuidadosamente cada intervención», afirmó.
La investigadora insistió en que cualquier decisión debería estar sustentada en argumentos técnicos, ambientales y ecosistémicos que permitan evaluar tanto los riesgos como los beneficios asociados a la conservación.
Compensaciones efectivas
Otro aspecto que genera preocupación entre los expertos es la efectividad de las medidas de compensación.
Aunque la normativa suele exigir la siembra de nuevos árboles cuando se autoriza una tala, los especialistas advirtieron que la verdadera pregunta es cuántos de esos individuos sobreviven cinco o diez años después.
Valdés cuestionó que muchas compensaciones se limiten a jornadas de plantación sin mecanismos de seguimiento posteriores.
«Se toma la fotografía de la siembra, pero rara vez se conoce qué ocurrió con esos árboles años después», señaló.
Álvarez argumentó que la supervivencia de las nuevas plantaciones depende de recursos económicos, mantenimiento permanente y participación comunitaria.
De poco sirve sembrar cientos de árboles si no existen programas de monitoreo que garanticen su establecimiento y crecimiento.
La participación ciudadana como pieza clave
Los especialistas también consideran que las decisiones sobre el arbolado urbano no deberían recaer exclusivamente en las autoridades.
La participación de comunidades, universidades, organizaciones ambientales y sectores productivos puede contribuir a construir consensos y fortalecer el cuidado de las áreas verdes.
«Cuando las personas sienten que un espacio les pertenece, tienden a protegerlo», explicó Valdés.
La apropiación ciudadana, agregaron los investigadores, puede convertirse en una herramienta fundamental para garantizar la conservación de los árboles y exigir que las compensaciones ambientales se cumplan efectivamente.
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Un debate sobre el futuro de la ciudad
Más allá de la controversia puntual por los 850 árboles, los expertos coinciden en que el caso de Sogamoso representa una oportunidad para discutir el modelo de ciudad que se quiere construir en las próximas décadas.
La pregunta no es únicamente cuántos árboles deben conservarse o reemplazarse, sino cómo integrar la dimensión ambiental en la planificación urbana, especialmente en un contexto marcado por el cambio climático, las olas de calor y la creciente presión sobre los ecosistemas urbanos.
La respuesta, concluyen, requiere información técnica, planificación de largo plazo, participación ciudadana y una comprensión más amplia del papel que desempeña el arbolado urbano en la calidad de vida de las personas.
Porque cuando una ciudad pierde sus árboles, no solo desaparecen individuos vegetales: también se reducen las capacidades naturales para enfrentar los desafíos climáticos del presente y del futuro.
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