Y salvamos al Sirirí

Crónica de cómo logramos devolver a un polluelo a su nido luego de 16 horas de incertidumbre. Hay mucho por aprender.

Por Germán García Barrera

Era el último sábado de enero. No fue un sábado cualquiera. Sería el día en que una suma de voluntades permitiría que un Sirirí (Tyrannus melancholicus) regresara al árbol del que había caído, el mismo que le servía de hogar y alrededor del cual revoloteaban, atentos, sus padres para alimentarlo con insectos y semillas.

La vida de un ave no es tan sencilla como suele creerse. No se reduce a volar, comer y defecar, especialmente si se trata de un pájaro que habita entornos urbanos. Todo resulta más complejo cuando esa ciudad es ruidosa y contaminada; más aún si tiene pocos árboles; y todavía más difícil si sus autoridades pretenden talar más de 800 ejemplares para abrir paso a grandes obras de infraestructura.

Conviene precisar que los hechos que voy a narrar ocurrieron en Sogamoso, una ciudad intermedia del departamento de Boyacá. Sucedieron en inmediaciones del barrio El Rosario, en el separador vial de la carrera 14 con calle 5ª., frente a donde alguna vez funcionó la clínica Valle del Sol.

Serían aproximadamente las cinco de la tarde. Mi sobrina Marián Sofía caminaba por el lugar. Regresaba del centro de la ciudad junto a Luz Ángela, su mamá, y Amanda, su tía. De repente, en una fracción de segundos, notó que algo había caído de un árbol. No era una hoja ni una rama: era algo más vital.

Marián lo identificó porque alcanzó a percibir un aleteo urgente, un llamado de auxilio, un trinar afanoso que parecía suplicar ayuda.

Sin pensarlo dos veces, cruzó la calle y se aproximó al árbol, un muelle maduro (Schinus molle). Su mirada exploró con avidez el suelo y la base del tronco. Allí lo vio: un polluelo de Sirirí, indefenso y vulnerable.

Lo tomó entre sus manos. Acarició su plumaje grisáceo, apenas delineado por destellos dorados y notó que su pecho amarillo aterciopelado, característico de su especie, palpitaba con inquietud. Lo abrigó contra su cuerpo y lo llevó a casa de la abuela Angélica.

¿Qué hacer en estos casos? ¿Cómo proceder adecuadamente para brindar asistencia inmediata a un ave que todavía no podía valerse por sí misma? No lo sabíamos. Y deberíamos saberlo, así como resulta indispensable conocer de primeros auxilios.

En medio de la incertidumbre actuamos con rapidez. Buscamos una caja y adecuamos en su interior una especie de nido improvisado. Le acercamos agua y tomó unas gotas. Diego, mi hermano, sugirió buscar gusanos en el jardín. La abuela Angélica le ofreció una pequeña porción de carne molida.

Pienso que, después de los cuidados de sus padres, el Sirirí nunca se había visto tan bien atendido.

En paralelo le escribí a Johana Zuluaga, amiga bióloga y ornitóloga, especialista en aves. Le envié un par de fotografías. Me insistió en la necesidad de regresarlo pronto a su entorno familiar, aunque, debido a la llegada de la noche, lo más adecuado era proporcionarle abrigo, alimento y un entorno tranquilo para que pudiera descansar.

«Ellos comen mariposas, grillos y gusanos; también algo de fruta, quizá banano», me explicó más adelante.

Luego añadió:

«Recuerda que son madrugadores, tipo cinco o cinco y media de la mañana. Son de los primeros en escucharse cantar. A esa hora empiezan a buscar el desayuno. Hay que aprovechar para llevarlo al sitio donde fue encontrado y verificar si los padres lo reconocen y le ofrecen alimento».

Johana también sugirió contactarme con la Línea Amiga de Fauna Silvestre de Corpoboyacá en caso de que el Sirirí no pudiera ser restablecido en su árbol. Lo hice, aunque, al ser fin de semana, la respuesta no fue inmediata.

Mientras se definía la ruta de atención institucional, le ofrecimos gusanos, pero el rescatado los defecó enteros. Eso nos inquietó. El banano apenas lo probó. Lo que sí pareció gustarle fue un alimento surgido de la recursividad de la abuela Angélica.

Esa noche durmió en la caja, sobre un nido armado de afán con algunas pajas artificiales utilizadas en el pesebre de diciembre.

Al día siguiente, domingo, la abuela acudió a su ancestro llanero y a su experiencia como enfermera en el pabellón de recién nacidos del Seguro Social.

Lo tomó con sus manos frágiles y suaves. Lo miró con ternura, admiró en él la maravilla de la vida. Debió dar gracias a Dios por ese momento, distinto a los de su trajín diario: acuciosa en sus oficios, solitaria en sus rutinas y siempre fervorosa de la compañía Divina.

Le ofreció huevo cocido y, a diferencia de los gusanos y la fruta, el Sirirí lo tragó con gusto, casi con voracidad. Verlo alimentarse nos tranquilizó. Ella sonrió. Fue un momento emotivo y también divertido.

Muy temprano, como había sugerido Johana, salí a identificar el árbol e intentar devolver el pájaro a sus padres. Sin embargo, desistí ante la presencia de un perro en el sector, la intensidad del tráfico —a pesar de la hora— y la imposibilidad de ubicarlo en la parte alta del muelle (el árbol). Regresé a la casa y lo dejé en el patio, dentro de la caja y sobre su nido improvisado.

Más tarde salí con el deseo de correr, como trato de hacerlo con frecuencia, pero decidí caminar un trayecto corto mientras definía  qué hacer con el Sirirí y justo pasé frente a la estación de bomberos. Pregunté a la oficial de servicio sobre la posibilidad de recibir apoyo especializado y conseguir una escalera para devolver al pájaro a su nido. Me informó que realizarían las consultas necesarias y se comunicarían conmigo.

Treinta minutos después —o quizá menos— sonó el teléfono. Dos bomberos habían llegado prestos a la carrera 14 con calle 5ª

Tuve que apresurarme para acudir al llamado, aunque antes debí esperar la despedida. La abuela Angélica quería desearle buena suerte.

Salí de la casa llevando conmigo la caja, el nido, el Sirirí y su esperanza de libertad.

Me sorprendió el operativo del organismo de socorro: sencillo, pero operativo al fin y al cabo. La escena llamó la atención de vecinos y transeúntes. Un camión de rescate con la inscripción “Sogamoso Fire Dept.” permanecía estacionado junto al sardinel, al pie del árbol, con las luces encendidas.

Les señalé a los jóvenes bomberos el árbol que creía correcto, pero me equivoqué. Diego, mi hermano, corrigió y señaló otro, ubicado apenas dos metros atrás.

Movieron el vehículo y extendieron la escalera. Uno de ellos recibió la caja y comenzó a ascender. El otro, muy ágil en la maniobra, y todavía con secuelas de una picada de abejas sufrida la noche anterior, trepó rápidamente entre las ramas hasta localizar el nido.

Tomó al polluelo como quien resguarda un suspiro y lo depositó con delicadeza en su morada.

Lo hizo en silencio y con respeto.

Fue suficiente.

Gracias a la vida por permitirnos ser parte de este momento. Gracias a Johana por su orientación. Gracias a la abuela Angélica por su ternura. Gracias a Marián Sofía y a Diego por su participación. Gracias al Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Sogamoso por su disposición. Gracias a Diego Fonseca y a Jesús Albarrán por este rescate.

Un Sirirí volvió a su árbol.

Muchos otros deberían poder hacerlo también.

Pero en Sogamoso los árboles están amenazados, y para numerosas aves urbanas el futuro empieza a parecer incierto.

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