Para que no sea una estrategia de marketing greenwashing, sino un hecho real, verificable y con compromiso, un colegio sostenible debe funcionar como una institución completa como lo plantea la Unesco para las escuelas verdes: gobernanza, operación, currículo y comunidad.
Una Escuela Verde», según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), se define como una institución educativa que adopta un enfoque integral de Educación para el Desarrollo Sostenible (EDS), en particular al abordar el cambio climático a través de su enseñanza, instalaciones y operaciones, gobernanza escolar y asociaciones comunitarias.
Las escuelas verdes, destaca la Unesco, tienen como objetivo promover el conocimiento y las habilidades para los aspectos sociales, económicos, culturales y ambientales del desarrollo sostenible.
En muchas instituciones educativas la sostenibilidad aparece en afiches, ferias y eslóganes. Pero un colegio ambientalmente sostenible no se reconoce por su “decoración ecológica”, sino por la coherencia entre lo que enseña, cómo opera y qué tan capaz es de mostrar resultados verificables.
La pregunta, entonces, no es si un colegio “habla” de ambiente, sino si puede demostrar —con datos simples y decisiones cotidianas— que reduce su huella, mejora sus prácticas y forma ciudadanía con capacidad de actuar.
Del voluntariado a la sostenibilidad
La sostenibilidad escolar se cae cuando depende de “la profe ambiental” o de estudiantes entusiastas que se gradúan y dejan el proceso huérfano. El ideal arranca con gobernanza: roles, metas, presupuesto, cronograma y rendición de cuentas.
Un colegio sostenible debería tener, como mínimo:
- Comité ambiental con representación real (estudiantes, docentes, directivos, servicios generales y, ojalá, cafetería y transporte escolar).
- Diagnóstico anual de cuatro frentes: agua, energía, residuos y compras.
- Plan de acción con metas trimestrales y semestrales y responsables claramente identificados.
- Transparencia pública interna: tablero o boletín ambiental (físico o digital) para reportar avances y retrocesos.
Este trabajo articulado debería permitirle a la institución disponer de indicadores mínimos mensuales en temas como consumo de agua, de energía eléctrica, de volumen o peso de los residuos y de porcentaje de separación efectiva.
En un colegio de estas características esta información se convierte en material pedagógico y en herramienta de control social. Si sube el consumo de agua, la comunidad lo ve y entiende por qué. Si el porcentaje de aprovechamiento cae, se corrigen hábitos y se mejora el sistema.
Si el colegio no puede mostrar sus datos de cómo estaba y su evolución, lo ambiental se queda en el discurso, no en una efectiva política pública escolar.
Actuar con coherencia
Una escuela puede hablar de crisis climática en clase… y al mismo tiempo comprar desechables por miles cada mes. La operación es el lugar donde la sostenibilidad se vuelve tangible y medible.
Y aquí el compromiso con la sostenibilidad, a partir de lo expuesto por la Unesco y las normas nacionales e internacionales, debe demostrarse con hechos a partir de principios orientadores como los siguientes:
- Durabilidad primero: preferir productos reparables y de larga vida útil (útiles, mobiliario, equipos).
- Adiós al desechable por defecto: si algo es de un solo uso, debe justificarse (bioseguridad, por ejemplo).
- Trazabilidad cuando aplique: papel con respaldo verificable, proveedores con prácticas claras, contratos que incluyan criterios ambientales.
Aquí aparece una idea clave: la sostenibilidad no siempre es “comprar lo verde”; muchas veces es comprar menos, comprar mejor y reutilizar.
En Colombia existe un marco básico para ordenar la separación en la fuente: la Resolución 2184 de 2019 unificó el código de colores a nivel nacional: blanco (aprovechables), negro (no aprovechables) y verde (orgánicos).
Pero el código de colores, por sí solo, no garantiza nada. El ideal implica:
- Capacitación frecuente (no una charla anual),
- Puntos limpios bien ubicados (donde realmente se generan los residuos),
- Señalización clara (con ejemplos reales del propio colegio),
- Control: revisar, corregir, retroalimentar.
En este punto el programa de sostenibilidad debería contar con un indicador decisivo: “porcentaje de separación efectiva”. Si todo termina mezclado, el colegio solo está trasladando el problema.
Una cafetería responsable
El comedor escolar suele ser el mayor generador de desechables. Un colegio sostenible toma decisiones concretas:
- Reducir empaques de un solo uso
- Promover la utilización de termos y recipientes reutilizables
- Rediseñar menús con criterios de nutrición y menor desperdicio
- Medir el desperdicio de alimentos y ajustar el tamaño de las porciones aportadas por el PAE
La cafetería es, además, un aula viva: hablar de economía circular sin tocar el sistema alimentario es dejar por fuera una pieza central del rompecabezas.
Más que una materia
La Unesco insiste en que el enfoque integral no es solo infraestructura: también es enseñanza y aprendizaje conectados con acción.
En el colegio ideal, la sostenibilidad no se encierra en una asignatura, sino que se trabaja como competencia transversal: ciencias, matemáticas, lenguaje, sociales, tecnología y artes, entre otras.
Una escuela, un colegio, incluso una universidad no es, o no son una isla, deben insertarse en un sistema de residuos, de agua, de movilidad, de consumo y de cultura ambiental. Por eso el ideal incluye a la comunidad y a las posibles alianzas con recicladores de oficio y rutas de aprovechamiento, grupos de investigación, colectivos ambientales y juntas de acción comunal, por solo mencionar algunos actores clave.
La lista de compromisos
Las recomendaciones de la Unesco en estos asuntos podríamos concentrarlas en algunas acciones concretas:
- Primero reutilizar: se aceptan útiles del año anterior en buen estado.
- Papel con respaldo: preferir reciclado o con certificación verificable.
- Evitar desechables: no exigir forros plásticos anuales ni plásticos sin justificación.
- Lonchera sin basura: promover termo y recipientes reutilizables.
- Separación real: aplicar código de colores (blanco/negro/verde) y acompañamiento pedagógico.
- Compostaje y suelo vivo: gestionar residuos orgánicos con participación de estudiantes, docentes y familias, conectándolo con huertas o jardines pedagógicos.







