El reúso de ropa permite minimizar su impacto en los rellenos sanitarios. Imagen: entreojos.co

Moda circular en el territorio CAR: el reto de bajar 30.000 toneladas de desechos textiles al año

Un balance que precisa de cifras verificables para validar su impacto real.

Una camiseta rota, un uniforme institucional en desuso, una prenda de “moda rápida” que duró apenas una temporada. El destino suele ser el mismo: la bolsa de basura. Y, con ella, el crecimiento silencioso de un residuo que pocas veces aparece en el debate ambiental regional: los textiles.

En los municipios bajo jurisdicción de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), la entidad estima que se generan cerca de 30.000 toneladas de residuos textiles al año. Es ropa que sale del clóset y entra al circuito de la disposición final, en un contexto donde los rellenos sanitarios ya cargan con la presión de lo orgánico, el plástico y los escombros.

Con ese telón de fondo, la CAR y la Universidad EAN presentaron el balance de ReModa, un programa que busca empujar la economía circular dentro del sistema moda: reutilizar, reparar, rediseñar y transformar prendas para alargar su vida útil y reducir lo que termina enterrado.

Una cifra grande, un desafío poco visible

El dato de las 30.000 toneladas dimensiona un problema que suele pasar de agache. La discusión ambiental se concentra —con razón— en aguas residuales, residuos sólidos domésticos o minería. Pero el residuo textil tiene su propia carga: se produce y se transporta con alto costo energético; muchos materiales mezclan fibras que dificultan su reciclaje; y una parte importante del mercado se mueve por precios bajos y compras frecuentes, lo que acelera el descarte.

Por eso, cualquier estrategia que busque “cerrar el ciclo” debe responder a dos preguntas esenciales: cuánta ropa se está dejando de botar y qué tan sostenible es la alternativa para quienes viven de ella.

Mujeres al frente y redes locales

Imagen: Remoda - CAR

Según el balance presentado, durante 2025 ReModa vinculó a más de 800 actores del sistema moda y reunió a más de 400 emprendimientos y empresas. Un elemento sobresaliente es el perfil de quienes sostienen gran parte de estas iniciativas: el 95 % de los emprendimientos estaría liderado por mujeres.

En el relato institucional, esto se traduce en comunidades que convierten prendas descartadas en materia prima para nuevos productos. En el terreno, esa tendencia suele tener rostro conocido: costureras, recicladoras, diseñadoras de upcycling, madres cabeza de hogar y organizaciones comunitarias que se mueven entre el cuidado y la economía popular.

El programa también reporta más de 30 talleres regionales y afirma que el 70 % de participantes ya realiza actividades de reutilización, reparación o transformación. Además, en los espacios de trabajo aparecieron propuestas como bancos de ropa, talleres comunitarios y centros de acopio textil, iniciativas que podrían escalar si logran respaldo técnico, rutas de recolección y canales de venta estables.

El punto crítico: pasar de la participación al impacto

ReModa muestra músculo en convocatorias y articulación. Pero si el objetivo es reducir presión ambiental, el indicador decisivo no es el número de talleres: es la trazabilidad del residuo.

En otras palabras, para saber si la moda circular está moviendo la aguja, hace falta información que por ahora no queda clara en el balance divulgado:

  • ¿Cuántas toneladas de textiles se recuperaron, repararon o transformaron en 2025?
  • ¿Qué volumen dejó de llegar a disposición final (y en qué municipios)?
  • ¿Qué tipos de material se están recuperando (algodón, poliéster, mezclas) y con qué destinos?
  • ¿Cómo se medirán los impactos ambientales: reducción de disposición final, emisiones evitadas, sustitución de materias primas?

Sin ese marco, el riesgo es que la economía circular quede en el terreno de los relatos bien intencionados: inspiradores, sí, pero difíciles de verificar.

“Cerrar el ciclo” no es fácil

El programa plantea consolidar cadenas productivas circulares que integren recolección, rediseño, transformación y comercialización, con una meta de 20 cadenas. En teoría, se trata de que la prenda no muera como residuo, sino que se reintegre al sistema como insumo.

En la práctica, “cerrar el ciclo” tropieza con barreras comunes: la ropa mezclada (fibras combinadas que no se separan fácilmente), la falta de clasificación en origen, los costos de almacenamiento y transporte, y la competencia desigual con prendas nuevas de bajo costo.

Por eso, los avances más sólidos suelen ocurrir donde el valor del producto se conserva: reúso, reparación y segunda vida, antes que reciclaje de fibra. Allí la circularidad se vuelve concreta: una prenda arreglada es un residuo menos.

Lo que viene en 2026

Para 2026, la CAR proyecta fortalecer a más de 100 actores, implementar cinco proyectos piloto de aprovechamiento textil y establecer indicadores de circularidad para reducir residuos que llegan a disposición final, incluyendo el relleno Nuevo Mondoñedo.

En la presentación de resultados, la subdirectora de Cultura Ambiental de la entidad, Nidia Riaño, resumió el enfoque: “Estamos viendo cómo comunidades, en especial mujeres emprendedoras, están transformando residuos textiles en proyectos productivos, reduciendo impactos ambientales y generando ingresos sostenibles”.

La fase que viene será, en el fondo, un examen público: si el programa logra traducir articulación en reducciones verificables y en ingresos estables para las redes que lo sostienen, la moda circular podría dejar de ser una etiqueta y convertirse en política ambiental aplicada.

Porque el desafío no es menor: mientras el consumo acelera y el descarte crece, la región necesita menos basura y más vida útil para lo que ya fue producido. Y en esa ecuación, reparar una prenda puede ser un acto cotidiano con efecto ambiental.

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