A proteger las aves del valle de Iraka

Garzas, torcazas, jaquecos, mirlas y hasta gavilanes sobreviven en este extenso territorio. Un geólogo lidera una estrategia de conservación. 

Mauricio Ramírez Mesa se conoce este valle y las montañas que lo circundan. Lo ha caminado desde que tiene memoria, ha estudiado sus formas, sus corrientes de agua, las especies que lo habitan. Ha sido testigo, a veces impotente, de su transformación, del cambio tan severo de las condiciones del suelo y de la vegetación del territorio. Ha visto como han disminuido los árboles que proveen néctar y frutos a las aves, y por eso viene alertando sobre tal situación y la urgencia de restaurar el equilibrio natural. 

Hace un poco más de 20 años, Mauricio, geólogo de profesión y consultor en temas ambientales y de ordenamiento territorial, decidió instalarse en un predio familiar ubicado en la recta San Rafael, en Tibasosa. Sus primeras vecinas fueron las integrantes de una colonia de garzas que llegaban a dormir en un bosque de eucalipto, con el paso de los días también anidaron en ese mismo sector, y la familia de blancos alados creció. 

La presencia de las garzas no fue bien vista por algunos habitantes del sector y varios se unieron para talar los árboles y evitar que allí fijaran su residencia. Junto a las autoridades de Tibasosa acudieron a Corpoboyacá para evitar el arboricidio. Su esfuerzo resultó fallido y “el vecino terminó haciendo lo que quiso”. 

Ese fue uno de los primeros actos en defensa de las aves del valle de Iraka, que de acuerdo con su descripción, cobija el área correspondiente a los municipios de Paipa, Duitama, Santa Rosa de Viterbo, Tibasosa, Nobsa, Sogamoso, Iza y Pesca. Desde entonces se ha empeñado en identificar los tipos de aves, las endémicas y las visitantes ocasionales, también, en un ejercicio de investigación aplicada, ha recopilado historias de la relación de los pobladores de este territorio con la avifauna. 

Uno de esos relatos habla de las bandadas de patos canadienses que otrora llegaban a la región a buscar mejores condiciones climáticas y de alimentación, y de los cazadores que solo presumían de su puntería para quedarse con las argollas que los expertos de ese país (Canadá), instalaban en sus patas para monitorear los recorridos. 

En el predio donde tiene su residencia, la oficina de su fundación (Fundetrópico) y su banco de madera desde el cual dedica horas enteras a avistar pájaros y abejas, Mauricio y su familia asumieron la misión de reforestar con especies que les proporcionaran alimento a los emplumados. En el predio se pueden apreciar robles, jazmines, eugenias, arrayanes y guayacanes. 

Su trabajo ha recibido el apoyo de personas, de pequeñas empresas y de la Asociación Ornitológica de Boyacá Ixobrychus con la cual han realizado varios censos de aves. Mauricio refirió un recorrido por el Humedal de Cuche, un área de 50 hectáreas, aproximadamente, localizado en jurisdicción de Santa Rosa de Viterbo y aún sin protección de las autoridades ambientales. Allí se identificaron 37 especies de aves.  

Una de ellas es la monjita que también se ve en los canales de desecación del Distrito de Riego del Alto Chicamocha, su hábitat se ha ido transformando, los juncos y otro tipo de vegetación, vitales para la subsistencia, está desapareciendo. 

“Es evidente la transformación del territorio y el olvido en que lo hemos tenido, eso impacta directamente en la calidad de vida de la fauna silvestre”, insistió Mauricio Ramírez, por eso el alcance de su propuesta de conocer, cuidar y generar condiciones apropiadas para el bienestar de las ‘Aves de Tundama y Sugamuxi, habitantes del valle de Iraka’, como se denomina el proyecto. 

La estrategia para ejecutarlo incluye conocer las aves que habitan este amplio territorio, identificar los conflictos que amenazan su integridad y promover un trabajo entre las instituciones y la comunidad para procurar su conservación. 

“Queremos incidir en la gente y generar conciencia de la necesidad de destinar zonas de protección para que el territorio no termine ocupado por construcciones o por invernaderos, como viene ocurriendo”, dijo el representante de la Fundación Fundetrópico.  

Sobre los invernaderos expresó su preocupación por el impacto de estas adecuaciones temporales en cuanto a la generación de desechos de plástico y su transformación en pequeñas partículas, y el limitado compromiso de sus propietarios con acciones de reforestación. A esta inquietud sumó el daño provocado por el uso de agroquímicos en cultivos de cebolla y su efecto sobre pájaros y abejas. 

El proyecto incluye la distribución de un afiche con fotografías de 15 de las especies identificadas, entre ellas la lechuza ratonera, la mirla blanca, la guala, el jaqueco, el gavilán bailarín, la garza y la tángara veranera. Contempla asimismo incidir en el ordenamiento territorial de los municipios y estimular la siembra de árboles frutales y de plantas con flores en predios rurales y en los parques y avenidas de las ciudades con el fin de garantizar alimento para las aves. 

Prevé además, como parte de una dinámica de ciencia participativa, recoger información de la comunidad sobre aspectos que favorecen o afectan a las aves. “Si las protegemos y mejoramos su entorno y su calidad de vida, haremos un aporte vital para reducir los efectos del cambio climático”.   

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