Imagen de la jornada de observación de aves entre Zetaquira y Berbeo, vereda Centro Rural. Cortesía: Yimmy Bonilla.

Boyacá tiene las aves, ¿cómo conservarlas?

‘Pajareros’ reflexionaron sobre su potencial y el beneficio para las comunidades.

Por Germán García Barrera

El 9 de mayo, mientras millones de personas en todo el mundo salían al campo con binoculares y teléfonos móviles a participar en el Global Big Day, la jornada de observación y registro de aves más grande del planeta, organizada por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell, Boyacá también estaba ‘pajariando’. 

En páramos, bosques andinos, valles y cuerpos de agua, centenares de observadores documentaron la vida alada de un departamento que, según quienes lo recorren, tiene todo para ser referente nacional del aviturismo y la ciencia ciudadana.

Pero tener todo no es lo mismo que estar haciendo las cosas bien. Esa fue, en esencia, la conclusión a la que llegaron siete personas: biólogos, guías, pedagogos, investigadores comunitarios y una niña de Garagoa, cuando entreojos.co los convocó a conversar sobre lo que el Global Big Day reveló, más allá de las listas de especies.

El reto: trabajar en equipo

Desde el Nevado de El Cocuy hasta el piedemonte de San Luis de Gaceno y Pajarito, Boyacá despliega una variedad de ecosistemas que pocos departamentos del país pueden igualar: páramos, bosques andinos, humedales, valles cálidos, zonas de transición hacia los Llanos y hacia el Magdalena Medio. Esa geografía compleja se traduce en una riqueza ornitológica extraordinaria.

«Boyacá ya tiene uno de los elementos más difíciles de conseguir, que es la biodiversidad», planteó Yimy Alexander Bonilla, licenciado en Ciencias Naturales y Educación Ambiental, egresado de la UPTC y coordinador del Global Big Day en el municipio de Zetaquira, en la región de Lengupá. 

«Tenemos páramos, bosques andinos, ecosistemas de piedemonte, una enorme diversidad de aves. Sin embargo, tener esa biodiversidad no es suficiente».

El diagnóstico es compartido por todos los participantes en el conversatorio: el potencial existe, pero permanece fragmentado. Hay grupos de observadores, investigadores universitarios, guías locales, investigadores comunitarios vinculados a corporaciones autónomas regionales y proyectos familiares que trabajan en distintas provincias, muchas veces sin conocerse, sin coordinar agendas, sin compartir datos.

«El gran reto es pasar de esfuerzos aislados a procesos articulados», resumió Bonilla.

En Tunja, operarios de Veolia participaron en la jornada de avistamiento de aves del pasado 9 de mayo. Imagen: archivo particular.

Sumar voluntades

Una de las propuestas más concretas que emergió del conversatorio fue sorprendentemente sencilla: antes de pensar en rutas de aviturismo o en grandes jornadas departamentales, hace falta saber quién está haciendo qué y desde dónde.

«Lo primero sería hacer un inventario de quiénes estamos, a qué nos dedicamos, qué queremos hacer y cómo podemos fomentar esto», propuso Diana Catherine Acosta Perilla, guía de aviturismo oriunda de Santa María, provincia de Neira, y auxiliar de investigación de aves migratorias. 

«Porque creo que esa será la primera necesidad: decir, bueno, en estas provincias no hay nadie pajareando».

La observación es relevante. Henry Florián, licenciado en filosofía, investigador comunitario de Corpoboyacá y guía profesional de turismo de San Pablo de Borbur, en el occidente del departamento, puso cifras al tema propuesto: en su provincia, el occidente de Boyacá, los observadores activos no llegan a diez. 

«Aquí yo cuento máximo unas ocho personas, pero no todas salimos», dijo. Un número que no se conduele con la inmensidad del territorio ni con las potencialidades del mismo. Allí está ubicada una de las áreas de bosque más importantes del departamento y del Magdalena Medio: el Parque Regional Natural Serranía de las Quinchas.

Esa desigualdad territorial en la presencia de observadores tiene consecuencias directas sobre la calidad de los datos que el departamento aporta a plataformas globales como eBird, el repositorio de ciencia ciudadana ornitológica más grande del mundo, administrado por Cornell, y, por ende, sobre la visibilidad de la biodiversidad boyacense en los circuitos nacionales e internacionales del aviturismo.

"Boyacá ya tiene uno de los elementos más difíciles de conseguir, que es la biodiversidad".

El dato importa: ni egos ni listas falsas

La imagen corresponde al sector Laguna Grande de El Palchacual, en El Cocuy. Imagen: Juan Sebastián García.

Uno de los temas más incómodos que salió a la superficie en la conversación fue la calidad de los registros. El Global Big Day mide, entre otros indicadores, el número de listas y el número de especies reportadas. Esa lógica puede generar incentivos perversos.

Juan Sebastián García, biólogo, y quien hace parte del Grupo G32 – Global Big Day Colombia, y trabajador con investigadores comunitarios desde Corpoboyacá, lo describió con un ejemplo concreto: 

«Me pasó con el ejercicio de avistamiento de cóndor andino, la gente me llenó un montón de listas de cóndor en la provincia de Gutiérrez. Y yo decía: esto es un dato que hay que revisar muy minuciosamente, porque están pasando cosas, se están llenando valores solo por llenarse».

El problema de fondo es que esos datos, una vez en eBird, pueden ser descargados y usados por investigadores para modelos de distribución, tesis de grado o evaluaciones de conservación. Un registro inexacto no es solo un error: es información falsa que puede desviar decisiones científicas y de política pública.

«Pasamos por encima: escuchamos un copetón, copetón uno, y así. Otros van solo a ver bichos rarísimos», graficó García. «Y no es el fin del Global Big Day».

Juanita Andrade, bióloga de Corpochivor e integrante del proyecto familiar CUNIRAYA: Experiencias Aladas, en Garagoa, puso el foco en otra cifra que suele pasar desapercibida en medio de la euforia por las especies: el número de observadores. 

En el Global Big Day 2026, Boyacá contó con 472 participantes; Colombia, con 4.210. «Esa tendencia sería muy interesante analizarla año a año», señaló. «Porque ahí también está el potencial de los guías de aviturismo: el potencial en las especies de aves está, pero ¿quién me va a guiar? ¿Quién le va a hacer un recorrido, no solo identificando, sino con historia natural?»

"Lo primero sería hacer un inventario de quiénes estamos, a qué nos dedicamos, qué queremos hacer y cómo podemos fomentar esto".

La imagen corresponde a una jornada de observación de aves en el municipio de Santa María con el grupo de Educación Ambiental coordinado por Diana Acosta Perilla. Imagen: archivo particular.

La humildad como herramienta de conservación

Henry Florián introdujo en la conversación un ingrediente que no suele aparecer en los documentos técnicos sobre biodiversidad: el ego.

«Siento que nos hemos quedado en muchos egos. Ser pajarero genera un cierto estatus, no todo el mundo hace una actividad como esta, y creo que eso ha implicado que muchos elevemos un poco el ego, que somos los que sabemos, los pupis».

La reflexión apuntaba a algo más amplio que una crítica al ambiente de la observación de aves: a la necesidad de que quienes ya tienen el conocimiento lo transmitan, lo compartan y lo pongan al servicio de comunidades, escuelas rurales y territorios donde nadie está mirando hacia los árboles todavía. «Yo lo recibí gratis y creo que es necesario brindarlo de esa misma manera», dijo.

Desde Garagoa, la voz más joven del conversatorio señaló exactamente la misma dirección. Carmen Sofía Pineda Andrade, quien junto con su madre Juanita lidera CUNIRAYA: Experiencias Aladas, fue directa: 

«Es importante que apoyemos los proyectos o colectivos del territorio con la comunidad, que empiecen a hacer sus listas, que las suban y que también se comuniquen en redes sociales. o con videos. El enfoque es más que todo en los jóvenes y niños porque somos los que más utilizamos la tecnología».

Carmen Sofía, a sus 9 años, lideró una de las rutas del Global Big Day. Juanita, su mamá, destacó que su protagonismo en la jornada “es una muestra de que a cualquier edad, o nivel de formación, uno puede adquirir el conocimiento del territorio y la disciplina para aprender de un grupo biológico como las aves, para guiar grupos y transmitir conocimiento”.

A su corta edad hace parte del programa nacional ‘Guardián de las Aves’ y es la única niña de Boyacá presente en ese espacio.

Carmen Sofía Pineda Andrade, CUNIRAYA: Experiencias Aladas. Imagen: archivo particular.

Del turismo al aviturismo

Otro asunto que el conversatorio dejó expuesto es la tensión entre el aviturismo como actividad científica y de conservación, y el turismo convencional que llega a los mismos destinos buscando, básicamente, una foto de un ave colorida.

Henry Florián, que es guía profesional de turismo, lo vivió en carne propia durante el Global Big Day: «Llegó el momento en que me llegaron siete u ocho personas y ese día me dediqué a la guianza, pero no a cargar listas. 

Siento que estas fechas, el Global y el October Big Day, no son fechas para lanzar un paquete turístico. Es una fecha para hacer ciencia ciudadana, para reportar aves y para dedicarse a eso.»

La distinción importa porque los destinos más visitados corren el riesgo de saturarse con visitantes que no están preparados para moverse con el sigilo y el respeto que requiere la observación de aves en ecosistemas sensibles, especialmente en páramos y humedales.

"Debemos ser humildes...Yo recibí conocimiento gratis en observación de aves y estoy convencido de que es necesario compartir ese conocimiento".

La imagen fue tomada en los sectores Bohío - Caldera Abajo y Quebrada Quigua, en Garagoa, y corresponde a una sesión de avistamiento de aves. Foto: Juanita Andrade.

Un propósito regional

Alexander Morón González, comerciante del municipio de Quípama que lleva años apostando por el aviturismo en el occidente de Boyacá, centró la conversación en lo más político. 

«Lo que debemos buscar es una identidad, que la gente nos conozca y que el departamento tenga todas las condiciones para ser uno de los lugares de avistamiento de aves más importantes a nivel nacional. Nos hace falta una ruta más organizada, una identidad nacional y apoyo del gobierno».

Esa articulación con el sector público, Gobernación, corporaciones autónomas regionales, alcaldías, y con el privado apareció como condición necesaria, aunque no suficiente. Los participantes coincidieron en que la financiación y el respaldo institucional son indispensables, pero que el proceso no puede esperar a que lleguen: la organización entre los observadores y comunidades ya presentes puede empezar ahora.

Una propuesta concreta que reunió el respaldo de varios participantes fue la creación de un Boyacá Big Day: una jornada mensual de entrenamiento departamental que permita afinar metodologías, identificar vacíos territoriales y llegar al October Big Day, la segunda gran jornada global del año, en octubre, con una red más sólida y datos más confiables.

Formación: el recurso que más escasea

La segunda pregunta planteada en el conversatorio fue directa al hueso: ¿qué necesitan concretamente las comunidades, los científicos ciudadanos, los biólogos y los guías para seguir trabajando con las herramientas y los recursos que la tarea exige? La respuesta, desde voces muy distintas, coincidió en una sola palabra: formación.

Yimy Alexander Bonilla lo ilustró con lo que vivió en Zetaquira durante el Global Big Day de este año. Después de años intentando vincular a la alcaldía municipal al proceso, una semana antes del evento logró el contacto. 

El resultado fue una jornada de 21 personas recorriendo 18 kilómetros, no solo contando especies sino hablando de etnoornitología, las creencias y los saberes que las comunidades del territorio tienen sobre las aves que los rodean, y explorando la transición de ecosistemas desde los 2.600 hasta los 1.400 metros de altitud.

«¿Quién mejor que la misma comunidad para reconocer su propia diversidad, para entender cuáles son las dinámicas de los ecosistemas, qué especies hay?», preguntó Bonilla. 

«De nada nos sirve estar movilizando expertos en aves hacia los territorios cada año, cuando los que están inmersos en el territorio son las comunidades, los que están todo el tiempo en contacto con las especies.»

La misma jornada reveló algo que incomodó a Bonilla: en Zetaquira hay personas que conocen las aves de la región, que las han observado toda la vida, pero que se sienten excluidas de los procesos formales de registro porque algunos observadores más experimentados les han dicho, implícita o explícitamente, que no están cualificados para participar junto a ellos. 

«Es denigrante», dijo. «Todo proceso de educación ambiental se debe desarrollar desde y para el territorio.»

El guardabosques que nadie ha capacitado

Una de las propuestas más concretas y menos costosas que surgió del conversatorio tiene que ver con un recurso que ya existe y que Boyacá no está aprovechando: sus guardabosques.

«En la mayoría de los municipios tenemos guardabosques. ¿Cuántos de esos guardabosques, que todos los días suben a revisar la reserva, toman la tarea de observar qué especies hay en esos territorios?», planteó Bonilla. 

La respuesta implícita es que muy pocos, no por falta de voluntad sino por falta de herramientas: no saben manejar eBird, no tienen guías de identificación, no conocen las aplicaciones de reconocimiento por canto.

En Zetaquira, la guardabosques del municipio resultó ser una apasionada de las aves. «No sabía manejar las plataformas y no sabe cómo subir sus listas, pero eso fue rápido», dijo Bonilla. Lo que tardó años fue que alguien se diera cuenta de que ella existía y estaba disponible.

La propuesta no requiere grandes inversiones: guías de identificación de aves locales, acceso a aplicaciones como Merlin o eBird, y talleres básicos de ilustración científica para quienes no tienen cámara fotográfica. 

«Enseñémosles a identificar las especies propias de su región», propuso Bonilla. «Esa cualificación de los observadores no solo mejora la calidad de los registros, sino que genera un impacto local.»

Datos que hablan

Juan Sebastián García amplió el panorama de lo que estaba en juego el 9 de mayo. El Global Big Day coincidió ese fin de semana con la Grabatón de aves, una iniciativa del 8 al 10 de mayo, para capturar y subir cantos de especies a la biblioteca de sonidos de Macaulay, que alimenta el sistema de identificación por audio de la aplicación Merlin. Dos tareas simultáneas, distintas metodologías, mismo día.

«Es difícil hacerlo cuando estás haciendo la lista, cuando estás manteniendo grupos», reconoció García. Pero la importancia es alta: la biblioteca de sonidos tiene vacíos significativos en especies colombianas, y Boyacá, con su gradiente altitudinal desde los 300 metros de Puerto Boyacá hasta los 5.000 del Cocuy, es exactamente el tipo de territorio donde esos vacíos se llenan.

García mencionó además un hallazgo reciente en el Valle del Cauca que ilustra por qué la subida de fotos también es prioritaria: en un gradiente altitudinal, investigadores encontraron que una especie estaba cambiando de coloración, de un tono naranja a amarillo. 

«No sabemos cuántas de estas cosas pueden estar pasando dentro de nuestro territorio», dijo. Boyacá, con su diversidad de pisos térmicos, es candidato natural a albergar variaciones similares que nadie ha documentado todavía.

Formarse más allá del saber pajarero

Henry Florián lo planteó con claridad: saber identificar aves no es suficiente para enseñarlas, guiarlas ni investigarlas con rigor. «Cada vez que más ahondo en este tema, necesito más y aprender más y nuevas herramientas que me pueda brindar alguna institución.»

Florián y varios participantes señalaron que las corporaciones autónomas regionales, Corpoboyacá y Corpochivor, por ejemplo, han hecho esfuerzos valiosos con sus programas de investigadores comunitarios, pero que el nivel de formación requerido ha crecido y las necesidades actuales apuntan a algo más estructurado: especializaciones, posgrados, acceso a programas universitarios que combinen la experiencia de campo con herramientas conceptuales y metodológicas más sólidas. 

«Necesitamos algunos de nosotros ya en niveles como especializaciones o hasta maestrías, que realmente nos generen los recursos intelectuales necesarios para que esto fructifique», dijo.

Diana Catherine Acosta Perilla propuso un modelo operativo concreto para empezar desde ya: una jornada mensual de salida de campo por comunidad, donde el 50% del tiempo se dedique a la observación personal y el otro 50% a enseñar a niños, jóvenes y campesinos del entorno. 

«Propongo una jornada mensual donde invitas a la comunidad, vas a las comunidades rurales, buscas nuevos puntos y estás enseñando todo el año. Y el día del Global Big Day ya tienes unos chicos del colegio pilosos, o el campesino que ya se las sabe todas.»

El modelo que describe Acosta Perilla tiene además un efecto secundario que ella misma identificó: funciona como semillero de guías. «De aquí van a salir seis, cinco guías», dijo.

Financiamiento: ¿quién pone el recurso?

Alexander Morón González fue el más explícito en señalar la dimensión económica del problema. 

En Quípama, con 23 veredas y un territorio extenso, la cobertura del aviturismo depende de recursos que no existen. 

«Propongo buscar un rubro especial para el avistamiento de aves por municipios», dijo. 

«Si lográramos identificar una forma de sacarle esto a todos los municipios, ese rubro para poder apoyar y para poder formar a nuestros jóvenes para observación de aves sería de muy buen aporte».

La demanda de financiamiento público apareció como tema prioritario: todos coinciden en que es necesario, pero nadie tiene aún una ruta clara para conseguirlo. Lo que sí está claro es el orden lógico: primero el inventario humano, luego la articulación entre observadores, luego la propuesta conjunta al sector público y privado. No al revés.

¿Qué tipo de destino aviturístico quiere ser Boyacá?

Los sectores Divino Diño - Escuela Guánica Molino - Alto de Guánica, en Garagoa, fueron escenario de la jornada de observación de aves. Imagen: archivo particular.

Hasta aquí el conversatorio había girado en torno al diagnóstico y a las herramientas. La tercera pregunta lo llevó hacia el territorio más espinoso: el dinero. ¿Cómo puede el avistamiento de aves convertirse en una alternativa económica real sin caer en el turismo masivo que desnaturaliza la actividad y deteriora los ecosistemas que la sostienen?

Juanita Andrade fue quien más directamente confrontó la pregunta. Con CUNIRAYA, el proyecto que lidera junto a su hija Carmen Sofía, vivió en carne propia lo que ocurre cuando un evento de observación de aves cobra visibilidad pública: tuvieron que cerrar el formulario de inscripción al Global Big Day porque ya habían llegado a 47 personas. 

«Nadie se va a llevar un grupo de 47 personas a una ruta porque la misma esencia de la actividad se pierde. Eso va a ser bulla y nadie va a poder tener la experiencia chévere de avistar, disfrutar, interactuar.»

La anécdota no es solo un problema logístico. Es la ilustración perfecta de la tensión que recorre todo el aviturismo cuando empieza a crecer: entre la escala que genera impacto económico y la escala que destruye lo que hace valioso al destino.

Andrade planteó además una distinción que vale la pena sostener: hay dos modelos posibles de destino aviturístico, y Boyacá todavía está a tiempo de elegir. Uno es el del «comedero»: infraestructura controlada donde fotógrafos se sientan con café en mano a menos de dos metros de un ejemplar atraído artificialmente. 

El otro es el del aviturismo que conforma experiencias en el territorio, donde se beneficia la gente de la vereda, donde quien destinó un bosque de su predio a la conservación ve retribuida esa convicción. 

«Esas decisiones no están en manos propiamente de nosotros, los observadores, los guías. Los tomadores de decisiones son los que deben tener claro ese norte.»

Y lanzó la pregunta que ningún plan departamental de turismo ha respondido todavía con claridad: 

«¿Qué tipo de destino de aviturismo queremos que sea Boyacá? Muy alineado con la conservación de sus ecosistemas estratégicos y no tanto con los intereses económicos particulares».

Las aves como excusa para conservar

Yimy Alexander Bonilla recogió la reflexión. El aviturismo, en su lectura, no debería entenderse como una rama del turismo convencional sino como una estrategia integral que, bien articulada, puede jalar otros sectores sin convertir el territorio en un producto de consumo.

«Pueden participar los guías locales, los hospedajes rurales, los gastrónomos a partir de la gastronomía de los territorios, el transporte, los procesos culturales», enumeró. La clave no está en el tamaño del grupo ni en el precio del paquete, sino en que las comunidades encuentren un valor económico en conservar sus ecosistemas. «Cuando eso ocurre, aparecen nuevas dinámicas de protección.»

Pero Bonilla fue enfático en señalar el límite: 

«Las aves no deberían ser solamente un atractivo turístico sino una razón para conservar. El aviturismo debería ser , lo digo en términos coloquiales, la excusa para llegar a los territorios a conservar esa biodiversidad».

Un territorio que convierte sus aves en atractivo turístico depende de que esas aves sigan estando ahí para que el negocio funcione, pero esa lógica no necesariamente protege el ecosistema que las sostiene. Un territorio que conserva sus ecosistemas porque entiende que de ellos depende su bienestar, y que el aviturismo es una de las formas de hacer visible y rentable esa conservación, construye sobre una base más sólida y más honesta.

Una institucionalidad más presente

Juanita Andrade introdujo en esta parte de la conversación un dato que invierte la lógica habitual: en el caso de CUNIRAYA, no fueron ellas quienes buscaron a la institucionalidad para financiar sus actividades. Fue la institucionalidad la que llegó a preguntarles qué iban a hacer para el Global Big Day, interesada en visibilizarse a través del evento.

Ese dato habla de algo importante: los eventos globales de observación de aves tienen una fuerza de comunicación que ya está capturando la atención de alcaldías y gobernaciones, aunque sea de manera reactiva y oportunista. 

«Este tipo de eventos tienen una visibilidad que debe llamar la atención de estas administraciones municipales, de las gobernaciones, para que a través de esos eventos mundiales masivos sea la oportunidad para que inviertan en un pre-global, en un pre-October Big Day, con salidas, con charlas, con binoculares, con guías.»

La propuesta es convertir esa atención institucional, que hoy llega tarde y sin recursos, en inversión anticipada: financiar la preparación de las comunidades antes de los grandes eventos, no solo aparecer a tomarse la foto el día que el mundo está mirando.

Colombia es el país con mayor diversidad de aves del planeta. Boyacá, con su gradiente altitudinal y sus múltiples ecosistemas, concentra una parte desproporcionada de esa riqueza. 

«Tenemos todos los ojos de Colombia puestos sobre Boyacá», dijo Andrade. «Si usted saca rutas, usted se hace visible.»

El camino hacia esa visibilidad, sin embargo, está lleno de decisiones éticas que el departamento todavía no ha tomado en serio. Y tomarlas mal, o no tomarlas, tiene consecuencias que van mucho más allá del turismo.

Lo que el 9 de mayo dejó como tarea

El Global Big Day no es solo un concurso de listas. Es, en su mejor versión, un ejercicio colectivo de escucha del territorio. Boyacá tiene ecosistemas para escuchar durante horas: el canto de aves en el páramo de Pisba, las especies migratorias que cruzan los valles de la provincia de Neira cada año, los morfotipos que nadie ha fotografiado todavía en la Serranía de las Quinchas.

El conversatorio dejó tres tareas que se encadenan. 

Primero, la organización: conocerse entre los observadores activos, mapear los vacíos territoriales, construir la red que hoy no existe. 

Segundo, la formación: capacitar a las comunidades locales (guardabosques, campesinos, niños y jóvenes) para que sean ellas las que registren y custodien su propia biodiversidad, no solo los expertos que llegan una vez al año. 

Tercero, y quizás la más urgente porque el tiempo se acorta, la decisión política: qué tipo de destino aviturístico quiere ser Boyacá, qué modelo de relación entre conservación y economía local está dispuesto a construir, y a quiénes va a involucrar en esa decisión.

El October Big Day se acerca. La pregunta que dejó el conversatorio es si para entonces Boyacá habrá empezado a construir esa red, o si el 9 de mayo habrá sido, una vez más, un gran día de aves y una oportunidad perdida de organización.

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Este artículo se elaboró a partir de una entrevista colectiva realizada por entreojos.co con participantes del Global Big Day 2026 en Boyacá: Yimy Alexander Bonilla (Zetaquira), Diana Catherine Acosta Perilla (Santa María), Carmen Sofía Pineda Andrade y Juanita Andrade (CUNIRAYA: Experiencias Aladas, Garagoa), Henry Florián (Birding Quípama / Encanto Verde, San Pablo de Borbur), Juan Sebastián García (G32 – Global Big Day Colombia / Corpoboyacá) y Alexander Morón González (Quípama).

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